Un universo en cambio, no solo climático, sacude el lenguaje. Nuevo hechos, nuevas situaciones, nuevas tendencias, y nuevas palabras. El mundo convertido en las islas galápagos donde aparecen especies nuevas, familiares a las ya conocidas pero genéticamente distintas, a las que hay que caracterizar y poner nombre. Los campos semánticos del diccionario tradicional se expanden y se contraen, se contaminan y mutan. Los significantes vacíos buscan el significado que les dé sentido. Algunos términos que parecen ingeniosos y pertinentes se consumen abrasados en el contacto con la realidad. Constitucionalistas y populistas, tan frecuentados, han dejado de ser antónimos y parecen buscarse para sellar acuerdos, como si estuvieran huérfanos el uno sin el otro. El constitucionalismo solo define un marco jurídico, históricamente localizado, al que las circunstancias zarandean y los gobiernos interpretan al albur de sus intereses. A su turno, populismo no es más que la demagogia, bien conocida, una estrategia destinada a halagar al pueblo innominado y hacerle creer que se puede hacer lo que se promete. ¿Alguien conoce a algún constitucionalista que no haya hecho demagogia o a un demagogo que no aspire a crear un marco constitucional a su medida?
Iliberal es otra especie novedosa; un adjetivo aplicado a ciertas formas de democracia. En castellano, el prefijo -i- o -in- marca una cualidad que se ha convertido en lo contrario de lo que definía el término original, una suerte de mutación de la naturaleza de las cosas, no siempre connotada negativamente. Cuando de jóvenes aprendíamos para ser demócratas, los maestros de la época nos decían que la democracia no necesita adjetivos, y lo decían para alejar nuestra mente juvenil y soñadora de las democracias populares de los países del este o de la democracia orgánica reinante en nuestro país, máscaras ambas de sistemas dictatoriales. Pero la democracia sí necesita adjetivos, desde su mismo origen. A la primera democracia conocida la llamamos ateniense. Si nos asomamos a ella a través de un libro de historia apreciamos que sus órganos y procedimientos funcionaban con una participación activa de la ciudadanía que hoy sería inimaginable, y sin embargo era una sociedad esclavista, sexista, belicosa e imperialista. Poco a poco, la democracia sin adjetivos en la que creíamos vivir adquirió el remoquete de liberal, en homenaje a la ideología dominante en el mundo desde principios de los años noventa. Del mismo modo que el ejercicio de la democracia ateniense estaba limitado a los ciudadanos propietarios de tierra, la democracia liberal está sometida a la propiedad del dinero y los derechos de la ciudadanía son dependientes de los intereses del capital, como experimentamos en la modificación del artículo 135 de la constitución, que redujo la condición política de ciudadanos a la económica de deudores de los bancos. Quizá fue ese el momento en el que los intereses de las oligarquías económicas y del demos nacional se revelaron antagónicos cuando nuestra democracia mudó de sentido y devino iliberal. Luego, era cuestión de tiempo que sobre el humus creado brotaran demagogos dispuestos a aprovechar la situación, que arrastraran tras de sí una masa de votantes suficiente como para abolir los distingos artificiales entre constitucionalistas y populistas. Los primeros desconcertados y los segundos crecidos, pero los dos impotentes. Atención a las islas galápagos, capital Sevilla.