Siempre se pesca algún dato de interés u opinión de cierta curiosidad cuando se echa un vistazo al antaño periódico de referencia. Esta vez ha sido una pieza del politólogo Víctor Lapuente quien afirma que los éxitos electorales de la derecha en estos tiempos de capitalismo en horas bajas se deben a su oferta de valores trascendentes y de virtudes cristianas y patrióticas. Esta opinión se confirma empíricamente hoy mismo cuando los voxianos afirman que sus líneas rojas para apoyar a un gobierno –el andaluz, en este caso-  son las de la bandera española. Es una de esas ocurrencias de asesor de comunicación o, si prefieren, de community manager, destinada a despistar a la opinión pública (si es que no está lo bastante despistada) y una idiotez sin paliativos para consumo de idiotas. En pura lógica, las mencionadas líneas rojas de la bandera tienen, como los semáforos, una franja ámbar o gualda en medio que sugiere la posibilidad de cálculo y negociación, que es exactamente lo que va a ocurrir. Pero dejemos de decir bobadas comentando bobadas y volvamos al argumento central.

Las presuntas horas bajas del capitalismo lo son para todos menos para los capitalistas. Vivimos una época que un siglo atrás se hubiera llamado de lucha de clases y hoy solo podemos calificarla, finamente, de espíritu de patera. Todos vamos en la misma embarcación, en la que los pasajeros de la bodega se ahogan y los de las cubiertas inferiores notan el nivel del agua que les trepa por las pantorrillas. La reacción es escalar las cubiertas superiores; la falta de dinero para ocupar los mejores camarotes se suple empuñando la bandera que está en el mástil, como si al embravecido océano de la globalización y a los dioses que lo gobiernan, que han hundido una detrás de otra flotillas enteras de estados-nación, le importara un carajo el barco y la bandera que lo corona. Lo que la nueva derecha, como la califica el politólogo, se propone es facilitar el ahogamiento de los de abajo en la creencia de que esta actitud le servirá para congraciarse con los de arriba. ¿Es esto una oferta de trascendencia patriótica o religiosa?, ¿era trascendente el fascismo del siglo pasado antes de convertirse en un guiñol sangriento?

La clave es la bajada de los impuestos, la oferta central del programa económico de la ultraderecha, idéntica y coincidente con el de las otras derechas. El objetivo es no molestar a los ricos y, para los que no lo son, ofrecer el señuelo de que con el dinero de bolsillo que se hurta al estado se puede comprar una plaza en las cubiertas superiores donde sirven martini seco y hay chicas seductoras y oferentes, y no feministas. La bajada de impuestos es la solución marxista-grouchista para que tire la locomotora con el combustible que proporciona el convoy convertido en astillas. No hay que engañarse sobre el propósito voxiano contra la igualdad de género. Lo que quieren es evitar la competencia de las mujeres en el empleo y en el reparto de las rentas de la nación: amas de casa sin sueldo, mucamas sin protección social, barreras al ascenso profesional  y a la independencia civil, como en los buenos tiempos, y nada de ese aparato de servicios públicos para maltratadas y acosadas. La extrema derecha  expresa con desparpajo la evidencia de que a la desigualdad económica reinante le corresponde una correlativa desigualdad de derechos. Es la economía, estúpido, y es esta lógica la que hace que la derecha que no se considera extrema sea tan permeable a las requisitorias de los ultras. Y al que le duela, que se envuelva en la bandera o se cuelgue del cuello todos los escapularios del santoral.