En esta jornada festiva propinada por el calendario nacional-populista que rige nuestros días, dos desganadas noticias locales, extrañamente relacionadas, llaman la atención del indolente jubilado. La primera reza que la fauna silvestre perpetró setenta y siete ataques al ganado en los últimos cinco años con un coste de cuarenta y ocho mil euros en indemnizaciones a los ganaderos; del total de actos predatorios presuntamente acreditados, setenta y dos, el noventa por ciento, lo fueron por acción de los buitres. La segunda crónica informa de una reunión de ciertas entidades afectas a la derecha local y a la patronal, que reiteran su demanda de reducir el gasto público mediante adelgazamiento del número de funcionarios. Las mismas caras, los mismos buitres, piensa el jubilado. En los tiempos de las vacas gordas, nunca mejor dicho, los buitres de la región eran funcionarios a todos los efectos; estaban protegidos por ley y bien alimentados en comederos artificiales que mantenían los servicios públicos de medio ambiente por lo que estas grandes aves no tenían más obligación que pavonearse bajo las nubes para ornato de la naturaleza y admiración de turistas. Eran tiempos pródigos y prodigiosos que para los buitres acabaron con las crisis de las vacas locas, que precedió en unos pocos años a la crisis de los banqueros locos, que habría de afectar a los bípedos implumes. En aquellas fechas se suprimieron los comederos en el monte por razones profilácticas y los buitres hubieron de buscarse la vida como emprendedores y, como estos, mudar sus hábitos laborales y nutricionales buscando oportunidades en el ganado vivo. Al parecer la mutación genética fue definitiva porque desde entonces los poderes públicos no han cesado de desembolsar indemnizaciones a los ganaderos damnificados, que pueden considerarse el subsidio de paro de los buitres expulsados del paraíso funcionarial.
La función pública y el gasto correspondiente son en este país inferiores a los que se registran en países del entorno con indicadores de riqueza y bienestar más altos. En esta remota provincia subpirenaica, la nómina funcionarial ha subido en el último año en una tasa de entre el tres y el cuatro por ciento después de casi una década de congelación de la plantilla, y solo en los ámbitos de la educación y la sanidad, directamente implicados en el bienestar social. Pero es inevitable que los buitres vean este espacio como un plácido comedero, objeto de sus ataques predatorios, en este caso ejecutados por bandas de paniaguados y empresas conexas que arrastran tras de sí los partidos que llegan al poder, afanosos del botín público. El jubilado tiene una experiencia al respecto. Los últimos años de su vida activa como técnico del departamento de autobombo del gobierno regional los pasó sin dar palo al agua porque el gobierno al que servía, partidario del adelgazamiento de la función pública, trajo consigo una cohorte de comunicadores de confianza que oficiaba de guardia pretoriana en su ámbito de competencia. En esta, como en todas las investigaciones que se precien, hay que seguir el rastro del dinero. En el caso de los buitres que vuelan, va a los propietarios de las ganaderías; en el caso de los que no vuelan, desemboca en los bolsillos particulares de las redes clientelares del gobierno de turno. En ambos casos, vuelen o no, constituyen lo que se ha venido en llamar elites extractivas.