Una de las lecturas, la más gratificante, de estas pasadas navidades ha sido la última novela de José María Conget, El mirlo burlón, recién salida de imprenta. Un retorno a la semilla, al momento en que los sueños y la realidad se extrañan y toman caminos divergentes. Cinco jóvenes incontaminados salen al mundo y han de entenderlo a la vez que experimentan dolorosamente que no está hecho a su medida. El tiempo de la historia es la época turbia y esperanzada de la muerte del dictador y los albores de la transición democrática; el lugar, una ciudad universitaria de provincias, el alvéolo donde se incuba la increada conciencia de la raza; los personajes, tres estudiantes atraídos por una muchacha con la que comparten la asistencia a un seminario de filosofía que dirige uno de aquellos curas carismáticos de la época en busca de su propia identidad. El proyectado reencuentro de los cinco, décadas más tarde, sirve al narrador para recoser la historia que los relacionó durante aquel curso, breve, luminoso  e inolvidable, como es el tiempo de la primera juventud, y sin embargo entretejido de equívocos, renuncios, ocultaciones y mentiras, pequeñas vilezas, errores a menudo cómicos, en tono menor pero determinantes para la forja de la identidad y el destino de los personajes, de los que, ay, el lector se siente hermano. Fue El tiempo de las cerezas en el que trina el mirlo burlón, canción que presta el título a la novela.

El previsto reencuentro de los cinco no servirá, como quizá espera el lector, para desentrañar el nudo que los unió ni para que los personajes se reconcilien entre sí y con su pasado, como ocurre en las novelas policíacas en las que el detective omnisciente reúne a los concernidos por la trama para revelar el nombre del asesino. Al contrario, la reunión se malogra y deviene un episodio más, incompleto, truncado, de la inacabada historia. El autor acota este desenlace abierto con una cita de Le tourbillon de la vie, que canta Jeanne Moreau en Jules et Jim, otra historia de amores elusivos e inacabados, un guiño sentimental y cultural del autor hacia sí mismo y a sus lectores más probables. Conget es dueño de una prosa sugestiva e hipnótica y de un oficio acreditado en la construcción de artefactos novelescos, pero para este lector lo más memorable de sus ficciones es su virtuosismo para explorar y poner de manifiesto los sentimientos contradictorios que bullen bajo la piel de los individuos y condicionan las relaciones con los demás y, a la postre, el mundo en el que viven. El mirlo burlón no es una novela política pero, a poco que se amplíe el foco de la mirada, puede leerse como un espejo la generación del 78 y su época. La derrota de los personajes es también la nuestra.