Una franja de terreno blanco flanqueada a ambos lados por otras dos, una azul y otra verde, sobre la que el espectador puede ver a través del teleobjetivo unas figurillas o sombras que se agitan. Poco a poco, la imagen adquiere sentido. Es una playa de suave arena impoluta entre un bosque virgen y un mar de color turquesa en la que unos individuos forzosamente oscuros y diminutos dan saltos y blanden pértigas o palos de los que con un poco de atención descubrimos que son azagayas y arcos de flechas con los que amenazan a quienes les observamos desde lo alto. ¿Son ecologistas? Después de un cierto tiempo de observación, la escena puede ser atrapada y conceptualizada en la desarrollada cultura de los observadores. Son salvajes, vestigios antropológicos de la evolución, los habitantes de la pequeña e ignota isla de Sentinel, que defienden su independencia –su ecosistema, diríamos-de las invasiones de la civilización y del progreso. Una sabiduría que solo puede ser genética les ha hecho comprender que las visitas que llegan del océano o del aire son letales de necesidad. El último invasor que hace unas semanas pagó con su vida el intento fue un misionero fanático que actuaba convencido de que la isla era el último reducto de satanás en la tierra. Nadie merece la muerte por sus opiniones, aunque sean muy estúpidas, pero hay excepciones. Los hombres del arco y las flechas ni siquiera saben que habitan una isla a la que los colonizadores portugueses pusieron el muy apropiado nombre de centinela.
Para los sentineleses, la alternativa es matar a los intrusos o ser invitados a la cumbre mundial del clima que se ha celebrado con el resultado habitual. Al término de la reunión, unos daban saltitos primaverales, otros mostraban un sombrío semblante otoñal y en algún lugar fuera de foco se agrupaban los partidarios de un invierno que para ellos es estival. Todo conspiraba contra el éxito de la cumbre desde la idea misma de celebrarla en Katowice, la capital de la minería del carbón en Polonia, un país que no está dispuesto a renunciar a una importante fuente de exportación y empleo, como es lógico. En las entretelas de la cumbre, los primeros productores de combustibles fósiles han conspirado contra el acuerdo, lo que no sería inquietante si no fueran también dos de las grandes potencias del planeta: Estados Unidos y Rusia, más los simpáticos regímenes del Golfo Pérsico.
Eso que llamamos la humanidad, y que no es sino una agregación heterogénea de tribus de bípedos implumes, como los sentineleses, que aún no ha encontrado al homínido que fue el padre o madre de la especie, se empeña periódicamente en misiones de salvación del planeta que habita, una pelota giratoria en la que es de día para unos cuando es de noche para otros. Por ahora, esa humanidad no ha conseguido resolver algunos gruesos y vergonzosos males a la vista de cualquiera y de aparente fácil solución, como el hambre o la guerra, así que malamente va afrontar un desafío que nace de un mandato de la naturaleza –trabajarás la tierra con el sudor de tufrente– y concierne al núcleo mismo de la forma de vida aceptada y común atodas las sociedades del planeta. Tanto peor si, como en realidad ocurre, el mal que se quiere combatir no es inmediatamente perceptible y exige un proceso deliberativo y de una acumulación de pruebas que es fácil hurtar al conocimiento del común. Las inundaciones e incendios que arrasan comarcas enteras y menudean en los telediarios son interpretadas como una manifestaciónde la conocida hostilidad de la naturaleza, y no la consecuencia de la acción humana. Preguntada la delegación sentinelense en la cumbre, su respuesta ha sido lacónica: preferimos seguir matando misioneros.