El reo se siente solo, desesperadamente solo, solo hasta el punto de volverse loco. Un silencio, que quizá quiera ser respetuoso pero que él percibe como opresivo, le envuelve. ¡Habladme, por favor!
Bajo cualquier estándar penitenciario que se aplique a su situación, don Urdangarín es un preso privilegiado. Eligió cuidadosamente el centro en que prefería estar confinado y goza de un espacio de uso exclusivo amplio y provisto de comodidades domésticas, inalcanzable para la mayoría de sus compatriotas a precios de mercado del alquiler. Está a salvo de la convivencia con penados bravos que bien podrían chulearle y amargarle de mil maneras la estancia carcelaria, y, de añadidura, su compañía al otro lado del muro es femenina, lo que forzosamente es un consuelo para la imaginación varonil. El muchacho, pues, está en un lugar privilegiado para el ejercicio de la introspección y el autoconocimiento, una experiencia que le resulta insoportable.
El preso es de una especie gregaria, que siempre vivió en equipo y en familia. Esto implica pocas responsabilidades y mucho baboseo recíproco, donde es más útil seguir la pauta del entrenador o del rey, en este caso, que ejercer la propia inteligencia. Si todos meten goles en la portería contraria y todos cobran comisiones en negro, el único reto es hacerse merecedor de pertenecer al equipo y a la familia. Lo que rodea a estas unidades de sociabilidad primaria, cuyo funcionamiento está muy pautado, es una multitud sin rostro que jalea al equipo desde las gradas del polideportivo y a la familia desde las aceras de las calles por las que discurre el desfile. Un griterío cremoso y adulador ha acompañado el paso de don Urdangarín de la adolescencia a la vida adulta y, de repente, el alentador jaleo ha enmudecido. Fue campeón deportivo y duque empalmado, y ahora está… ¡solo! Hasta su esposa conspira para abandonarle, ¿o es un bulo? ¡Habladme, por favor!
La situación del convicto es incomparablemente mejor a la que padecen muchos vecinos que nunca han roto un plato y andan libres por las calles, en un forcejeo interminable con el empleo precario, la hipoteca abusiva, el incierto futuro de los hijos y demás pejigueras que aquejan a los súbditos del cuñado del preso. Pero es la nuestra una sociedad compasiva, presta a hacer suyo el infortunio del príncipe. Don Urdagarín quizá no lo sabe pero es rehén de un momento histórico en el que la sociedad no se decide entre escalar a un peldaño superior de decencia colectiva o permanecer en el tibio albañal en el que el consorte creyó que su sangre era azul. Debe tener confianza; saldrá libre mucho antes de que la sociedad haya resuelto el dilema que le llevó a la cárcel y con un pelín de suerte podrá recuperar la buena vida pasada, y quién sabe si también reclamar por daños y perjuicios.