A la vuelta de una corta excursión low cost a Marruecos, el viajero topa con un artículo de opinión de nuestro ministro de asuntos exteriores sobre las relaciones  de los países de las dos riberas del Mediterráneo de las que piadosamente dice que son asimétricas. El Mediterráneo, hacia donde miran Europa y África es el mejor ejemplo del mayor problema de esta época: la desigualdad, escribe el ministro para luego abonar la afirmación con un manojo de datos económicos acreditados por organismos internacionales. Los números alimentan el ensueño de que los problemas pueden ser resueltos y fueron los árabes de Al Andalus los que trajeron los números a la península ibérica y a Europa, pero por algún tropiezo histórico o dificultad climática sus descendientes desconocen el carácter exacto y preciso de los guarismos que nos sirven para pesar y medir las cosas en los países más fríos. En el África que le es ofrecida al viajero low cost no hay precios fijos, ni horarios exactos, ni rutas discernibles, ni indicadores urbanos, ni racionalidad mercantil, ni ningún dato mensurable a partir del cual se establecen las estadísticas y las previsiones de futuro. Si hay futuro, está fuera de la lógica tal como la entendemos en esta parte del Mediterráneo.

El viajero low cost encuentra una sociedad bullente y ensimismada,  obsequiosa y resentida, que para abrirse al extranjero lo sumerge en una realidad indescifrable y capciosa. Por fortuna, el visitante de la parte opulenta del planeta tiene su dispositivo móvil que le permite eludir la realidad que le rodea para mirarse a sí mismo. Lo exótico es él, no el paisaje que le envuelve. Para la gente del lugar, en cambio, el móvil actúa como un activador de las redes que sostienen la sociedad y su economía. Hassan llama a Omar, que llama a Musa, que llama a Abdallah, que llama… y finalmente, con suerte, se da el servicio requerido o se resuelve el problema planteado. O no. El iphone, el mayor invento para el conocimiento y la comunicación humana, es aquí una metáfora de la incomunicación y el desconocimiento entre dos realidades impermeables. Si el visitante prescinde del móvil y opta por mirar desde su propia percepción lo que le rodea deberá gestionar sin éxito un torbellino de emociones contradictorias, asombro, compasión, horror, curiosidad, temor, simpatía, desconfianza, rencor, que le asaltan a cada paso sin darle tregua y sin que consiga amoldarlas a los esquemas morales e intelectivos que trae consigo.  Perdido en el dédalo de callejuelas de la medina, el viajero no puede dejarse engañar por los bucles del razonamiento occidental si quiere sobrevivir.

No nos engañemos, pues. Vivimos en un mundo conformado por una cierta lógica imperial en lo político y en lo económico, que necesita de una radical desigualdad para seguir vigente. El inicio del día en la medina es el sueño húmedo de un neoliberal. La voz metálica del muecín rasga la quietud de la noche y un millón y pico de individuos inician un hormigueo que durará toda la jornada para buscarse la vida en un mercado caótico e hipertrofiado, cargados de toda clase de mercancías, desde móviles chinos de última generación hasta dentaduras postizas y haces de leña, para no mencionar cueros, alfares, herrerías, especias y perfumes, también fabricados en China, que expondrán en interminables tenderetes junto a los encantadores de serpientes y los saltimbanquis de ocasión. Los zánganos de esta abigarrada colmena son los jóvenes varones sin ocupación discernible dispuestos a atender al viajero al menor gesto de indecisión o flaqueza. Siempre en grupo y prestos para el servicio sin que nadie les requiera. Esta presencia grupal de los varones jóvenes (las mujeres jóvenes son invisibles) tiene incluso un extraño reflejo institucional. Las residencias oficiales están rodeadas de altos muros cuyas puertas se custodian, por decirlo de alguna manera, por una guardia de seis u ocho soldados, cada uno de los cuales viste el uniforme de un cuerpo de ejército distinto, que forman junto a la garita un corrillo variopinto de colores y enseñas sin marcialidad alguna, como si esperasen la llegada del rey para disputar entre ellos el privilegio -y la propina- de servirle de guía hasta su despacho. Los soldados parecen representar la mezcla de fraternidad y competencia, de espera e impaciencia, de deseo y frustración, que el forastero siente a su alrededor como una compañía ineludible de su visita. Estos jóvenes expectantes, con la espalda apoyada en la pared, y las jóvenes que no se ven, son el futuro.