Pocas lecturas son más desasosegantes que las novelas policíacas de Henning Mankell. La calidad de la literatura policíaca no radica tanto en el juego del gato y el ratón entre el asesino y el poli cuanto en el interés del relato como reflejo de una cierta sociedad. Lo que queda en la memoria después de cerrar el libro es, sobre todo, un paisaje moral, y el que pinta Mankell es espeluznante: granjas solitarias habitadas por personajes abyectos, testigos recelosos y elusivos dueños de oscuros pozos de la memoria del mal, toda clase de tráficos criminales y de cómplices pasivos, funcionarios desnortados como el detective Wallander, y, en general, un tejido comunal desgarrado, como después del paso de un tsunami histórico. Mankell ha inspirado a una legión de novelistas nórdicos. El desconsuelo del lector nace de que para él Suecia no es solo un país, es el paraíso de su juventud. Un paraíso nunca visitado, en el que florecía una vibrante primavera surgida de los hielos del trabajo, la responsabilidad y el civismo. Un país diáfano donde reinaba la democracia y la justicia social, dos términos que hoy se presentan como antitéticos en toda Europa, cada vez más parecida a una novela negra de Mankell.
La historia viene de años atrás y tiene que ver con el malestar de las clases altas por el coste fiscal del estado del bienestar. En fecha tan lejana como mil novecientos setenta y seis, el gran Ingmar Bergman se exilió en Alemania para huir de los impuestos de su país. Esta espantada del cineasta era desconcertante y antipática. ¿Huir del paraíso? Todavía no había llegado la revolución neoliberal de Reagan y Thatcher y el correspondiente libertinaje fiscal pero los síntomas de lo que se avecinaba estaban a la vista. La aniquilación de la fortaleza fiscal del estado del bienestar acabó primero con el bienestar y por último con el estado mismo (incluido el cine de Bergman y la industria que lo hizo posible) y ahí están una parte de los damnificados por el proceso reinventándolo al inquietante modo del viejo fascismo europeo. Después de años de devastación del tejido productivo a cargo del capitalismo financiero, desempleo y precariedad, y desmontaje de las redes de protección social, resulta que el enemigo a batir son unas decenas de miles de inmigrantes y refugiados que huyen del infierno de sus países en el hemisferio sur.
El hilo argumental iniciado con la espantada de Bergman hace cuatro décadas culminó el domingo con la significativa entrada de la ultraderecha en el sistema de partidos del parlamento sueco. Los grupos tradicionales –socialdemócratas y conservadores- tendrán que hacer encaje de bolillos para soslayar la presencia de los nacional-populistas en el gobierno, y quizá no puedan conseguirlo. La excepción sueca deja de serlo y se incorpora a la corriente dominante en Europa, desde el Ártico al Mediterráneo, aquejada de una epidemia de xenofobia virulentamente contagiosa. En nuestro país, las derechas se preparan también para la campaña que se avecina y empiezan a apuntar maneras y a marcar terreno. De momento, no han querido participar en el desguace de la reliquia que legitima el derechismo autoritario doméstico ni han apoyado en el parlamento europeo la moción de censura contra el gobierno nacionalpopulista de Hungría. Como ha dicho el portavoz del pepé en la cámara europea, hoy es Hungría a la que se censura, ¿y mañana? Responda usted mismo en la línea de puntos.