Una brigadilla de arqueólogos ha aterrizado en la campa de Bethel, condado de Sullivan en el estado de Nueva York, donde durante tres días de agosto de mil novecientos sesenta y nueve se celebró el mítico concierto de Woodstock que inauguró una época y la juventud de nuestra generación. Los arqueólogos buscan el punto donde se levantó el escenario que acogió a Joan Baez, Jimi Hendrix, Creedence Clearwater Revival, Joe Cocker, Grateful Dead, Janis Joplin, et alii. Una reunión festiva, multitudinaria y musical que abrió como una sandía un mundo que, en aquel momento, parecía que fuera a ser eterno y de cuyo humus ya han empezado a extraer cacharros herrumbrosos. La noticia está recorrida por un viento frío. Los arqueólogos llegan a Woodstock cuando aún estamos vivos y sin saberlo nos hemos convertido en momias cuya historia debe ser rescatada de la leyenda. Es el nuestro un estupor análogo al que debió acometer al faraón Tutankhamon cuando desde su apacible lecho de siglos escuchó el runrún de los excavadores de Howard Carter.
Nuestra noción del tiempo es opuesta a la de los egipcios. Para estos, la eternidad se situaba fuera del tiempo, y dedicaban su existencia a preparar las condiciones de confortabilidad para una ultratumba sin término. El arte egipcio, con su primoroso naturalismo, no es más que una evocación de la vida, contemplada desde la seguridad de la muerte, que ni siquiera tenía los rasgos zozobrantes que ha adquirido después. Aquí y ahora, sin embargo, la eternidad es lo que puede contarse con las aplicaciones del móvil; antes no había nada y después, tampoco. Somos eternos mientras estamos vivos y la batería está cargada. Es lo que hace incongruente la presencia de arqueólogos en Woodstock, cuyo tinglado material de carpas de lona y andamiajes industriales era fruto de la improvisación y la fugacidad del deseo, en los antípodas de las pirámides y mastabas del antiguo Egipto. ¿Qué sentido tiene ubicar con exactitud el lugar donde estuvieron estas instalaciones que se llevó el viento y cuya realidad solo pertenece a la ensoñación de una generación que ya está de salida en la historia? A menos, claro, que el lugar y sus habitantes estén sumergidos en la consabida crisis de desindustrialización y el municipio haya decidido reproducir el concierto en un museo de cera o, como decimos por estos lares, un lugar de la memoria para atracción turística. Los vejetes podrán hacerse selfies junto a la figura de Joan Baez y demás colegas de aquella ocasión, como los que nos hacemos en los museos con la parafernalia monumental del mundo antiguo. Los selfies son documentos de lo promiscua que puede ser la eternidad.