Los vejetes están envueltos en las banderas de sus patrias, tejidas con jirones de la memoria y el hilo de los intereses domésticos, como todas las patrias. En la tertulia de media mañana se impone durante un rato la patria del tomate, que cultiva en su huerto uno de los contertulios. Es increíble la riqueza –multicultural, digamos- que alberga este fruto.  Los legos en la materia hemos aprendido hoy que hay tomates corazón de obispo, cojón de toro y morado de Beire (la patria de Iacopus), del mismo modo que un día aprendimos qué es la estelada o qué fue la rendición de Barcelona ante el duque de Berwick hace tres siglos. Hablamos de tomates a quinientos kilómetros de distancia física y un nanosegundo de distancia digital de donde se reúnen una parte de los catalanes para llorar sus penas. Dentro de un tiempo, más breve en términos históricos de lo que queremos suponer, la diada será una noción ininteligible para el común como lo es ahora el morado de Beire. La conversación sobre el cultivo doméstico de tomates se eleva hacia regiones abstractas –la charla es gratis- sobre la distribución del fruto hasta los consumidores, la destrucción de parte de las cosechas para mantener los precios, la proliferación de supermercados en el barrio y el negocio de la construcción, asuntos que también forman parte de la patria y sobre los que los vejetes tienen una idea aproximada y elusiva y ninguna capacidad para remediarlos.

En esta parte del golfo de Vizcaya el día de la patria, que se celebra bajo la advocación religiosa del domingo de resurrección del señor, solo fue un anhelo democráticamente compartido durante la dictadura, bajo los porrazos de la policía, que son un nutriente infalible de la solidaridad humana y del espíritu comunitario y cuya memoria estará hoy presente en la diada barcelonesa. No hay como un estado brutal e ineficiente para alimentar los mejores sueños de la humanidad. Pero cuando el aberri eguna devino celebración legal, se fragmentó en tantos rituales como partidos nacionalistas hay en el paisaje. Dejó de ser una comunión para convertirse en una proliferación de púlpitos, cada uno con su doctrina, y así sigue. El imaginario, esa palabreja de moda que parece haber dotado a la mera imaginación de densidad física, se fragmentó en mil pedazos. A menudo, los españoles olvidamos la inmensa suerte que significa vivir en un país inacabado, cuyo himno nacional es una marcha sin letra y donde las manifestaciones tribales son sueños de un día, aunque sea solemne. Si además tuviéramos una clase política racional y competente y el peso del intratable pasado no gravitara tanto sobre el presente, esto se parecería bastante a un paraíso.