Dos viejos viejísimos –viejunos, que díria Joaquín Reyes y los neohumoristas de la muchachada nui– peroran en mangas de camisa a la sombra de un árbol junto al río: hablan de sí mismos y de su vida con frases entrecortadas, palabras renuentes y memoria agujereada. La estética del vídeo -una mezcla de costumbrismo, leyenda y arqueología- podría conducir al anuncio de algún medicamento contra las pérdidas orgánicas que acarrea la edad tardía pero es en realidad el relato con el que gobierno y parlamento introducen la próxima celebración del cuadragésimo aniversario de la constitución. Lo aclara una voz en off superpuesta a la perorata de los vejetes, que informa al espectador que estos dos hombres lucharon en bandos enfrentados en la batalla del Ebro –republicano uno, nacional el otro (sic)- y ahora pueden hablar como amigos gracias a la constitución del setenta y ocho. Tacháaan. Todo en este vídeo es sorprendente y extravagante, para decir lo menos.

En primer término porque no habla del futuro -ahora que vivimos lo que parece un fin de régimen, o de ciclo, si se prefiere- sino del pasado, y bien remoto, y apela de nuevo, como hace cuarenta años, al miedo a la guerra civil como engrudo del espíritu constitucional –aquello de la libertad sin ira, etcétera-, como si la naturaleza del pueblo español fuera una especie de caínismo insomne del que nos preservan los salvadores de la patria, ya sea un dictador despiadado o una élite constitucionalista. Lo que se está jugando en estas fechas no es la batalla del Ebro, ni revertir su resultado, como afirman algunos necios emergentes de la fosa de Cuelgamuros, sino aflorar la verdadera historia del país y sus consecuencias para hacer una democracia más fuerte que la que tenemos en un marco político y económico internacional mucho más duro del que imperaba en mil novecientos setenta y ocho. La sociedad española es pacífica y lo era también en los años treinta del siglo pasado. La conflictividad social registrada en aquella época asolada por la gran depresión no fue mayor que la que hubo en Alemania, Francia, Italia o Estados Unidos y si aquí hubo una guerra civil larga y atroz fue porque una importante parte de la sociedad se negó a entregar la democracia atada de pies y manos a un golpe militar apoyado y armado por una conspiración fascista de ámbito multinacional. Lo que vino después es sabido.

La elección de dos vejetes desmemoriados y autocomplacidos del pasado (si es que lo están en la realidad y el vídeo no es la impostura que parece) es sin embargo pertinente a un hecho histórico referido al origen de la constitución del setenta y ocho de la que se puede decir que entró en vigor pero carece de fecha de nacimiento. Claro está que hay una fecha en la que fue promulgada, etcétera, y que más tarde ha informado el ordenamiento jurídico y el funcionamiento de las instituciones, y que una generación y pico de españoles hemos vivido bajo su mandato generalmente bien, si hemos de ser francos, pero nadie guarda memoria del momento en que nació. Ese momento irrepetible que conmemoramos en los cumpleaños, cuando celebramos que la vida sigue en nosotros. La constitución no tuvo un momento auroral sino que fue un tránsito, una suerte de avatar, que llevó al país de una época histórica agotada a otra más promisoria pero en todo caso ineludible, sobre la que no obstante gravitaba –y de qué modo- el pasado. El resultado es que, para bien o para mal, según quien lo diga, la legitimidad de la democracia no nació con la constitución sino de las condiciones de bienestar y orden instaurados por el franquismo. Hay algo anómalo en una democracia que se percibe hija de una dictadura, tanto por la derecha como por la izquierda. El día de la constitución se hermanó con el de la inmaculada concepción para formar un jugoso puente vacacional prenavideño. Fue uno de los regalos de la democracia. La fiesta nacional quedó entronizada, no el día de la constitución sino el doce de octubre en una añeja celebración básicamente militar que antes se llamó día de la raza, más tarde de la hispanidad y ahora no se sabe, quizás de la cabra de la legión, el personaje más conspicuo de la jornada. Entretanto, año a año, la conmemoración constitucional ha discurrido en actos institucionales restringidos, rutinarios y desgalichados a los que unos y otros invitados tenían a gala no acudir según las circunstancias y su antojo. Como dicen los viejos del vídeo, vamos tirando.