El mejor elogio que puede recibir un libro es el deseo de que su lectura no acabe. Complicarse la vida de Virginia Cowles se gana este elogio. Un trepidante relato de aventuras y la mejor crónica sobre el terreno del desplome de Europa a finales de los años treinta del siglo pasado. Es raro que un libro tan absorbente haya permanecido inédito en castellano hasta ahora mismo teniendo en cuenta que se publicó en mil novecientos cuarenta y uno. El protagonista es la propia autora, corresponsal de guerra y testigo directo de, la guerra civil española en los dos bandos; la política de apaciguamiento británica respecto a Hitler en la crisis de Múnich; la Rusia soviética bajo la noche estalinista; los preparativos de guerra en la Alemania nazi; la caída bajo la bota hitleriana de Checoslovaquia primero y de Polonia después; la ahora casi olvidada guerra rusofinlandesa; la llamada guerra aburrida en el frente occidental y la inesperada caída de los Países Bajos y Francia, y por último, la firme resolución británica de hacer frente a los nazis y la consiguiente la batalla de Inglaterra. En ese momento, cuando el resultado de la guerra solo dependía de la firmeza y capacidad de resistencia de los ingleses, por los que la autora siente una irrefrenable fe, termina el relato.

Cowles viaja incansablemente por cualquier medio disponible. Sus destinos incluyen las capitales de los países en conflicto y un sinnúmero de poblaciones menores y lugares ignotos, algunos en el mismo frente de batalla, y en cada lugar entrevista a cualquiera que pueda darle una información fiable sobre la situación: gobernantes y diplomáticos, altos mandos militares y soldados rasos, y  civiles de toda condición, oficinistas, aduaneros, refugiados, campesinos y turistas, sin dejar de aguzar la mirada sobre el entorno que la rodeaba. El resultado es una suerte de holograma de la trágica situación de Europa. Un escenario múltiple y una proliferación de personajes que no solo ofrecen un panorama asombrosamente certero y realista de la situación, por el conocimiento histórico que tenemos ahora de la época, sino también destellos muy vivaces de cómo los individuos concretos vivían su propia experiencia. Dos episodios, entre muchos, impactaron a este lector.

El primero tiene lugar durante el congreso del partido nazi en Núremberg a donde había acudido Cowles con la intención de entrevistar a Hitler. No pudo hacerlo pero asistió a los actos del congreso desde una posición privilegiada como corresponsal extranjera y en ellos encontró a Unity Valkiria Mitford, la fánatica groupie inglesa de Hitler por la que el dictador sentía alguna debilidad y a la que invitó a su mesa en más de una ocasión. Cowles preguntó a Mitford por su ídolo y esta le confesó sin ninguna doblez (página 209): “lo que de veras el gusta es la excitación; de lo contrario se aburre”. Cowles reflexiona para sí: “la idea de que la felicidad del mundo dependía del aburrimiento de un solo hombre, resulta aterradora”. Las confidencias de Mitford no terminan ahí. Hitler tenía, según su admiradora, un gran talento como imitador y en privado lo practicaba imitando a sus colaboradores de la cúpula nazi y a Mussolini. “La imitación del Duce siempre provocaba grandes carcajadas. Y a veces se imita a sí mismo”, exclama jovialmente Valkiria Mitford.

El segundo episodio transcurre muy lejos del ambiente carnavalesco y banal de la cúpula nazi. Cowles visita Rusia después de la gran purga, y encuentra una sociedad atenazada por el miedo y el adoctrinamiento ideológico, e individuos trémulos, alelados y acosados por toda clase de carencias de alimentación, vivienda y transporte. Un país oscuro y en ruinas (página 278). Escribe Cowles: “poco a poco fui elaborando mi propia teoría particular en el sentido de que si la multitud entraba en el mausoleo para ver el cadáver embalsamado de Lenin, blanco y céreo, era porque la cámara mortuoria de mármol, con su tenue iluminación, ofrecía una manera agradable de escapar de la realidad”.

Historias y fantasmagorías que cambian sus papeles y mudan unas en otras y pugnan por ocupar un hueco en la memoria y, querámoslo o no, nos mantienen insomnes.