El farmacéutico recorta el cupón del código de barras de la cajita de comprimidos, lo pega con cello en una plantilla que guarda bajo la caja registradora y envuelve la cajita en un papel fino antes de entregarla  al paciente que espera al otro lado de mostrador el término de estas minucias enfrascado en la extrañeza que sugiere la cantidad de estudios superiores que ha tenido que realizar el licenciado para tener derecho a hacer las manualidades que está haciendo. Ningún destino profesional es más melancólico que el de un farmacéutico. Diríase que su máster es un curso de primero de  efepé en packaging. Todo lo que ha debido aprender en los años de licenciatura sobre composición, uso y prescripción de fármacos le es hurtado en la práctica profesional: el médico receta el medicamento y la industria farmacéutica lo pone en manos del usuario. Incluso podría obviarse el asombroso ritual del recorte de la etiqueta con cutter y cabe pensar que, si no se hace, es para evitar que el farmacéutico utilice esta herramienta contra sí mismo o, quién sabe, contra el jubilado que viene a pedir su ración mensual contra la inflamación de próstata. ¿A qué dedicarán los farmacéuticos las interminables horas de ocio que les depara su oficio?

La pregunta afecta a otras profesiones en las que las ilusiones de la universidad quedan embalsadas en la opresiva práctica del oficio. Los jueces, por ejemplo. Su trabajo no es muy distinto al de los farmacéuticos, ya que consiste básicamente en cotejar la conducta del acusado, digamos la enfermedad, con la literalidad del vademécum que es el código penal y  aplicar la sentencia que corresponda, digamos el remedio. Pero los jueces disponen de dos canchas naturales de expansión en las que pueden distraerse sin abandonar las tareas de su oficio: la literatura y la política. Si un farmacéutico quiere dedicarse a alguna de estas actividades tiene que echar antes la persiana de su establecimiento pero los jueces pueden hacerlo sin quitarse la toga. La literatura se despliega en la argumentación de las sentencias, en las que es fácil advertir a jueces literatos que lo dan todo con auténtica imaginación y voluntad de estilo. Si hubiera un premioplaneta de literatura judicial, que se echa en falta, este espectador votaría por la del juez que emitió un voto particular en la sentencia de la manada. En estas piezas literarias la subjetividad y la imaginación del juez desbordan majestuosamente no solo las prescripciones del código sino la naturaleza de los hechos, que se emancipan de la realidad probada para recrearse en la pluma del juzgador, convertido en narrador omnisciente, como dice la crítica literaria. Otro caso de creatividad sentenciosa, por llamarlo de alguna manera, es la que ha demostrado la magistrada española del tribunal de Estrasburgo con un voto particular en el que sostiene que las acusadas de realizar un acto de protesta en la catedral de Moscú ofenden a los cristianos. Un juez se sumerge en la profundidad de los sentimientos de una víctima de violación para decidir que no fue tal y una jueza se siente competente para detectar una ofensa a la cristiandad, de naturaleza análoga a las sentencias que dictan los yihadistas contra los que ofenden al islam.

En cuanto a la política, es la puerta giratoria preferida de los jueces y es fácil comprender su atractivo porque les da entrada a los dos poderes de los que depende su labor: en el legislativo crean las leyes y en el ejecutivo las hacen cumplir. Es claro que si estos dos poderes fueran eficientes en el grado que se espera, la judicatura sería ociosa, ¿y qué mejor que un juez para comprenderlo? En ocasiones, un juez protagoniza esta atracción recíproca que ejercen entre sí los tres poderes del estado y no se sabe si imparte justicia o hace política y en tal trance adquiere una rutilante naturaleza estelar o mediática, como se dice. Es el caso del celebérrimo juez Llarena, que ahora mismo ocupa el vértice sobre el que asienta la estabilidad del estado y del que alguna de sus obras literarias ya se han traducido en el extranjero.