La ciudad alemana de Chemnitz se llamó desde el final de la guerra mundial hasta la caída del muro de Berlín la ciudad de Karl Marx (Karl Marx Stadt) y en el mobiliario urbano exhibe una colosal cabeza, quizá la más grande planeta, de este filósofo fundador del socialismo llamado científico. La ciudad es, o era antes de las deslocalizaciones fabriles y demás ruinas sobrevenidas, un potente centro industrial, si bien, para decirlo todo, la pacotilla de recuerdos que los turistas occidentales podían adquirir era desconcertantemente rudimentaria, como ilustra la chuchería de la imagen [vid supra] comprada en la ciudad. Se cita esta anécdota porque ayuda a entender el grado de cerrazón y ensimismamiento en que ha vivido esta población centroeuropea de la Alemania profunda, como tantas otras de su entorno. Estos días la ciudad ha sido noticia porque varios centenares de neonazis se han lanzado a la caza del extranjero con una desenvuelta y decidida resolución que ha arruinado el crédito de frau Merkel, el ama de casa suaba que con tanta tenacidad y destreza ha gobernado la Europa de la crisis provocada por el neoliberalismo rampante con el objetivo de preservar la hegemonía económica de su país. La unión europea hizo posible y en gran parte financió la unificación alemana. ¿Deberíamos estar preocupados?

Ojo con los alemanes cuando asoma la barbarie. De alguna manera, de los salvinis italianos se puede esperar que sean unos simples bocazas, y la aventura fascistoide de los le pen franceses siempre termina represada en el armazón de la república, pero la hybris de los alemanes es expansiva y se lleva a cabo con una voluntad inquebrantable y una terrorífica eficiencia técnica. A principios del siglo pasado hubo en Alemania un debate ininteligible en otros países europeos en el que los términos contrapuestos en la disputa eran la cultura alemana (Kultur) y la civilización europea (Zivilisation). En la práctica era la expresión filosófica del enfrentamiento de dos nacionalismos rivales, Alemania y Francia, que desembocó en la primera guerra mundial. A grandes rasgos, el debate oponía el genio alemán y la oscura profundidad de su alma, lo que quiera que eso signifique, al horizonte democrático abierto por la revolución francesa. El gran Thomas Mann, que se  implicó en el debate a favor de la Kultur en sus Consideraciones de un apolítico escritas durante la primera guerra mundial, terminó destilando una versión paródica de la disputa en las conversaciones y pugnas de sus célebres personajes de La montaña mágica, Naphta y Settembrini. A Thomas Mann le costó un largo periplo personal e intelectual pasarse al bando de la civilización en el que ya militaban sus hijos y su hermano Heinrich frente al nazismo. Desde entonces, fin de la segunda guerra mundial, la civilización se había convertido en el patrimonio común en Europa occidental, ¿hasta ahora?