En los buenos viejos tiempos del materialismo dialéctico y de la pedagogía para simples de Marta Harnecker, la religión era un estado de alienación del individuo y de la sociedad que impedía comprender los mecanismos económicos y la consiguiente lucha de clases que impulsaban la historia hacia la emancipación de la humanidad. Por supuesto, la religión sigue siendo una alienación, como el fútbol, pero en la que se está muy a gustito si todo lo que te rodea está impregnado de la fervorina de tu credo, ya sea religioso o futbolístico. Las sociedades liberales que ganaron la partida histórica a doña Harnecker et alii se enfrentaron al dilema de que no podían apoyarse en la religión pues el mercado y el dinero no tienen credo, pero tampoco podían prescindir de ella porque el mercado y el dinero no sirven para cohesionar a las sociedades sino para excitar la competencia interna y la codicia de los individuos, de modo que decretaron libertad de culto.
Tú pagas los intereses de la deuda, aceptas las condiciones de trabajo y vivienda que te ofrecen y puedes creer en lo que te dé la gana. La fórmula funciona como un tiro en los ámbitos de religión cristiana, y aún mejor en los de tradición protestante o evangélica, como se dice ahora, que católica, donde no obstante vamos tirando. Pero hemos pinchado en hueso con la religión islámica. El mercado y el dinero se expanden como las lenguas de lava de un volcán sobre las sociedades del fez y el velo pero nada hay en el macizo de creencias que las sostienen que les permita entender lo que está ocurriendo. En consecuencia, hemos pasado de la lucha mundial de pobres contra ricos como motor de la historia a una guerra religiosa estática. Así, el terrorismo yihadista sería el modo brutal como los pobres de la otra orilla del Mediterráneo llaman a la puerta de las opulentas y aparentemente libérrimas en costumbres sociedades occidentales.
Los comandos improvisados que brotan nadie sabe bien cómo para llevar a cabo los atentados son el grado cero de la sociedad fraternal y providencialista que predica su religión y que han perdido en la realidad que les envuelve. Si las conjeturas de la policía catalana se ajustan a lo ocurrido, el suceso de Cornellà ilustra bien la afirmación anterior. El entorno en el que vivía el chico fallecido le despojaba del armazón de creencias que le venía protegiendo incluso y sobre todo de su propia naturaleza, no sin punzadas de dolor pero ¿quién dice que una armadura sea cómoda? Pudo haber acudido a una asociación elegetebei o a un centro social de barrio donde sin duda habría encontrado comprensión y ayuda pero eso hubiera significado traicionar a los suyos y la visión del mundo compartida con ellos, y quizá también la pérdida de los apoyos materiales y emocionales que no encontraba en la sociedad de acogida. Al final pudo sobre él el lado oscuro de la fuerza, donde medran imanes, curas y demás falsos amigos. En nuestra memoria tampoco es extraño el recuerdo del suicidio de un homosexual en el tiempo en que también nosotros fuimos talibanes.