Noche de perseidas. Un par de centenares de curiosos, convocados por las asociaciones locales de astronomía, campan en las terrazas de una fortificación del siglo once convertida para la ocasión en observatorio donde un monitor instruye sobre el paisaje del firmamento, siempre igual y siempre ignoto, y una batería de telescopios acerca a los más interesados a los planetas y estrellas con los que intercambiamos señales desde que Lucy se puso de pie sobre sus patas traseras en el valle de Laetoli. Ahí está el viejo con parte de su familia y una nieta, que también se llama Lucía, como su primer ancestro. Los fragmentos ígneos que recorren el cielo se hurtan a la vista y cada exigua aparición es celebrada con aplausos y exclamaciones de los congregados. ¿Lo has visto?, ¿lo has visto?, inquiere Lucía. El viejo abandona la vigilancia para dejarse caer en el recuerdo de que muy pocas veces y, desde hace mucho, mucho tiempo, no ve un cielo nocturno limpio y tachonado de estrellas. El de hoy no está mal para los estándares de la región pero la polución lumínica está por todas partes y esta noche un cúmulo de nubes a poniente trae el invasivo reflejo de las luces de la ciudad, situada a treinta y tantos kilómetros.
El monólogo interior le lleva a una de las primeras ocasiones en que vio un firmamento prístino, cuando en los veranos infantiles salía con sus padres, tíos y vecinos a una era cercana a la estación de ferrocarril para ver el sputnik. El viejo recuerda un puntito luminoso que navegaba entre las estrellas inmóviles y se deja invadir por un repentino júbilo. Soy el único aquí, se dice para su coleto, que ha asistido al nacimiento de la revolución tecnológica que permite al tipo que está a mi lado empuñar un puntero láser. No importa que la memoria haya amañado los hechos porque estas excursiones astronómicas del vecindario se hacían en verano para tomar la fresca, y el lanzamiento de los primeros satélites soviéticos fue en otoño (internet dixit). El viejo tenía entonces la edad que ahora tiene Lucía, y como ella ahora empezaba a aprender de la mitología que segregaban los adultos a su alrededor: una mezcla de parla fantástica, orgullo humano y confianza en el futuro, que para aquellos trabajadores del ferrocarril se situaba en el país soviético que había lanzado el sputnik al espacio. ¿Quién sabe si Lucía recordará al viejo como este recuerda a su abuelo en circunstancia análoga? Vagamente, fugazmente, como a una perseida.