La última batalla a muerte entre un hombre y una máquina tuvo lugar probablemente en la película 2001 Una odisea del espacio, de 1968. La victoria fue del hombre, que desactivó la máquina, como recordamos con alivio, aunque el final de la historia es ambiguo o enigmático y poco prometedor. El hombre, desembarazado de su hasta entonces aliado, llega a un lugar donde reina el estupor y regresa al estado de feto. La máquina de la película era una supercomputadora, como se decía entonces, alojada en una nave espacial y programada, no tanto para servir a los intereses de los astronautas cuanto para compartir con ellos la misión asignada, y es precisamente la desconfianza del ordenador hacia la competencia e intenciones de los astronautas que le acompañan en la nave la que le lleva a amotinarse y a ser derrotado por la mayor astucia y movilidad física del humano. La historia es una variante de las crónicas del mar en las que, en determinado momento de la navegación, la nave parece perdida en la quietud del océano, sin referencias a la vista, lo que despierta en la tripulación el instinto latente de revuelta y bien puede terminar en un motín. Así visto, Hal podría ser un avatar del teniente Christian Fletcher de la Bounty al que le ha fallado la suerte que tuvo el marino inglés.

El recuerdo de Hal asalta a este escribidor en ocasiones cuando a su ordenador de mesa le da por cavilar por su cuenta y operar a su modo, y aunque el usuario no lo desconectaría porque no sabría cómo hacerlo, le gusta fantasear con la idea de que bien podría arrojarlo por la ventana, como hizo Hal con el astronauta Pool, o tundirlo a martillazos, según la más acreditada tradición de este país. Pero este escribidor y su ordenador no van a Júpiter ni a ninguna otra parte; ambos carecen de misión en la vida. No hay motivo, pues, de competencia ni de desconfianza mutua, y el ordenador lo sabe, así que la relación con el usuario tiene la apariencia banal de la de un mayordomo antiguo con el amo de la casa, no exenta de malentendidos pero fiel a carta cabal. Así, en esta maniática producción de textos, que es la actividad principal del escribidor, el ordenador proporciona las fuentes del relato y lo contextualiza, verifica los detalles en las bases de datos, acredita la pertinencia de las palabras usadas, corrige la ortografía, propone la tipografía, ofrece las ilustraciones y las enmarca,  y, cuando el texto  está por fin publicado se comporta como el espejo en el que se mira la vanidad del escribidor. En ese momento  la inteligencia que anida tras la pantalla del ordenador esboza una sonrisa de dominio que el escribidor capta. Maldito Hal, cabrón, te voy a matar por hacerte el listillo. Es un ataque de ira silente que asalta al escribidor humano y que dura una fracción de segundo porque de inmediato es evacuada por una reflexión más sensata: ¿y qué haría yo sin ti? Es la clase de reflexión que no se hizo el astronauta Bowman  cuando decidió zanjar de una vez por todas sus diferencias con Hal. La computadora murió pero el astronauta quedó reducido a un estado fetal.