El cineasta Michael Haneke relata en su última obra –Happy end, ahora en cartelera- el declive y la disgregación de una familia altoburguesa en circunstancias que todos reconocemos porque sus episodios son la materia ordinaria del telediario. En más de un sentido la película puede considerarse una reedición de La caída de los dioses, de Luchino Visconti, estrenada hace medio siglo. Las dos historias tienen muchos elementos en común; singularmente, los personajes y sus interacciones guardan similitudes asombrosas. No parece un plagio ni un remake sino una extraña coincidencia de sensibilidades, a pesar de las diferencias de estilo entre ambos autores. Estamos ante una familia de la oligarquía económica incapaz de preservar su propia supervivencia ante los cambios que trae la época:  el viejo patriarca perplejo e impotente; la hija dominante y ambiciosa, convertida en matriarca del grupo; el hijo ensimismado en sus intereses espurios; el nieto errático y vagamente rebelde; el advenedizo dispuesto a hacerse con la fortuna familiar;  los criados de la casa para quienes la servidumbre es el único modo de vida posible; los niños de la familia, que asisten a una historia que les corrompe el carácter, y el suicidio como única salida, son elementos comunes en las dos películas. Las diferencias están en la puesta en escena. La historia de Visconti tiene un cariz romántico y una factura operística, suntuaria, y la de Haneke es una narración indagatoria y elusiva al mismo tiempo, una suerte de disección quirúrgica que deja al espectador la composición final del puzle y el juicio moral consiguiente.

Dos películas tan similares en un lapso de medio siglo producen una desapacible sensación de eterno retorno. La familia de la película de Visconti pertenece a la oligarquía de la industria metalúrgica alemana y el agente que provoca su destrucción es el ascenso del nazismo y la necesidad consiguiente de poner sus empresas al servicio de los intereses bélicos de la dictadura. Bajo la trama y los vaivenes de los personajes hay, pues, un esquema lineal que permite el optimismo. Cuando Visconti rodó su película, el nazismo había sido derrotado y el consenso antifascista que inspiraba a las democracias europeas era el humus en el que se rodaban películas como esta, que, dicho sea de paso, pertenecen a una época gloriosa e irrepetible del cine europeo. Los espectadores españoles, deseosos de que acabara de una vez nuestra dictadura doméstica, bebíamos en estas fuentes que trasladaban la imaginación al mítico espacio que parecía esperarnos al otro lado de los Pirineos. Hoy vivimos ya en este espacio y la película de Haneke nos resulta a la vez cercana y desapacible. La familia retratada en el filme se dedica a la construcción de obra pública y a sus correspondientes enjuagues y corruptelas financieras; el fascismo ya no se llama así y ha mudado el modus operandi; los judíos de antaño son ahora subsaharianos y magrebíes, y la alienación de los individuos ya no está en los desfiles con antorchas y los berridos radiofónicos de la época hitleriana sino en la distópica sumisión de los individuos a sus dispositivos de mensajería digital.

P.S. Este espectador no ha podido sustraerse a la hipnosis que ejerce el personaje interpretado en la película de Haneke por Jean Louis Trintignant, un solvente actor del cine llamémosle sesentayochista convertido en un viejo ricachón inválido, condenado a una silla de ruedas, que no conserva hacia sí mismo y hacia quienes le rodean sino un depurado y obsesivo afán homicida.