Después de unos días de asueto, diríase que la república está al alcance de la mano. Es un espejismo, claro, uno de esos estados ligeramente febriles que nos asaltan en tiempos de crisis desde los albores del siglo diecinueve. Una enfermedad crónica que produce la paradoja de un país republicano que teme a la república más que cualquier otra desgracia que pudiera ocurrirle. La así llamada princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein tiene el nombre y la aureola pertinentes (austrohúngaros, diría un personaje de película de Berlanga) para retrotraernos a dos siglos atrás. El rey que ha pintado la dama en sus confesiones a un fouché ibérico, enfangado en tribunales y dispuesto a tirar de la manta,  es el de un tipo voluble, codicioso, priápico, al borde de la ley, y carente de sentido de la realidad. En resumen, un rey español típico. Las redes sociales han respondido de inmediato al estímulo de las confesiones de la princesa y les ha faltado tiempo para ensartar la figura de don Juan Carlos en el rosario de sus predecesores en el trono, los Alfonsos, la Isabel y por ahí seguido hasta Fernando séptimo el felón, que inauguró nuestra modernidad. Todos ellos trincones, fulleros, disolutos, tal como los pintaron los Hermanos Bécquer y Valle-Inclán, con más arte y valentía que el anónimo y elusivo tuiter.

Y esto ocurre en un país donde no encontrarás a un monárquico ni con la lámpara de Diógenes pero en el que cada vez que se ha tambaleado el tinglado institucional se ha producido un golpe de estado, un pronunciamiento militar con bendición episcopal y, por último, una nueva restauración monárquica. En la última, la que nos ha tocado, había nada menos que tres borbones candidatos al trono, con desigual suerte: don Juan Carlos de Borbón y Borbón, don Carlos Hugo de Borbón-Parma y Borbón-Bousset, y don Alfonso de Borbón y Dampierre, sin contar a don Juan de Borbón y Battenberg, padre del primero, que también estaba ahí, a la espera. El ganador fue entronizado por decisión del dictador, que no era monárquico pero menos aún republicano, y los otros dos, ya fallecidos, quedaron a esperar turno. El hijo de don Alfonso ha estado esta mañana en Cuelgamuros al albur de una manifestación de franquistas, sin duda con la esperanza de pillar algo y quién sabe si de suceder a su remoto primo Felipe en la Zarzuela. Háganle la oferta y verán cuánto tarda en aceptarla. Este Alfonso lleva en sus venas sangre borbónica y franquista, así que encaste no le falta, como dirían los entendidos del siete.

Entretanto, las dos repúblicas habidas fueron breves y fallidas. La primera terminó en  el chiste de ¡viva Cartagena! y la segunda en un baño de sangre del que aún quedan huellas en la memoria a pesar del masivo esfuerzo de amnesia promovido por todos los gobiernos habidos desde ochenta años atrás. A la tercera república le espera una gestación larga y azarosa y un parto, si llegara, muy difícil. La instauración monárquica precedió a la constitución y fue parte inseparable del paquete constitucional que votaron los españoles. En consecuencia, el núcleo duro de la constitución del setenta y ocho está redactado para hacer imposible un cambio de régimen, es decir, para librar a los republicanos de sus propios fantasmas. El último servicio que presta el rey en esta monarquía es el de someter su fama al inclemente juicio popular; por supuesto, sin consecuencias penales ni políticas. El emérito está amortizado, así que un poco de barro sobre su memoria no le importa a nadie. Va en el sueldo (y en las comisiones, habría que añadir). Ahora, la tarea del gobierno y de la clase política es preservar al rey en activo indemne durante el tiempo suficiente hasta que pueda ser relevado en el cargo por su sucesora, que es una niña angelical. En esas estamos. El rey es el brazo incorrupto de santa teresa, hasta que se descubre que está invadido por los gusanos y hay que sustituirlo por otro.