En relación con la verdad convenida, es decir, ese conjunto de afirmaciones que se dan por sentadas y alrededor de las cuales se organiza la vida del común, se pueden distinguir tres niveles de percepción correspondientes a tres estratos sociales. El más alto, y minoritario, es el que proclama y gestiona la verdad, que normalmente contiene una altísima dosis de mendacidad, y lo hace para defender sus intereses privativos. El estrato intermedio, de base más ancha, está formado por quienes están en el conocimiento de la falsedad del tinglado pero se guardan de denunciarlo porque calculan que en este ambiente turbio y tóxico conservan oportunidades para mejorar su estatus, que podrían perder en caso de que el tinglado se viniera abajo. El estrato inferior es inabarcable y está formado por la gran masa social que ni cree ni deja de creer las verdades proclamadas porque le importan un carajo, ya que carecen de utilidad alguna en la lucha por la supervivencia. Veamos esta hipótesis aplicada a los comicios domésticos del pepé.

De abajo a arriba, a los votantes de la sigla y a la sociedad en general se le da un higa que el pepé tuviera ochocientos y pico mil afiliados, como ha acuñado la propaganda oficial, o el doble, o la mitad. ¿Qué relación hay entre este número, cualquiera que sea, y el precio de la gasolina o la cuantía del salario mínimo, por ejemplo? En el estrato intermedio, formado por los cargos y carguetes públicos y orgánicos que están en la pomada, sí sabían el número real de afiliados, y también sabían que las agrupaciones locales trucaban las cifras para tener más peso en el congreso nacional, como el administrador astuto del evangelio (Lucas, 16, 1-8), pues es sabido que el pepé es, como nos enseñó don Bárcenas, un partido muy evangélico en el que la mano derecha no sabe lo que hace la izquierda. Entonces, ¿quién aprobó la propagación de la cifra de los tropecientos mil carnés? Sin duda, la minoría dirigente, el comité ejecutivo, que con este autoengaño se daba a sí mismo un mullido colchón de consenso a sus decisiones. Una decisión compadreada entre dos o tres capitostes en un despacho o en el reservado de un restaurante gana vitola si te convences a ti mismo de que está secundada por un millón de almas. ¿Qué importa que sean almas muertas, como en la novela de Gógol? Después de todo, son súbditos del régimen zarista, o autocrático, si se prefiere, que ha imperado en el pepé hasta su actual debacle.