Café de media mañana al que asisten Quirón, Iacoppus, Liberio y quien esto escribe, para celebrar, además del encuentro mismo, el cumpleaños del  primero. La tertulia empieza en latín a propósito del término que define el estado en que quedaba la capacidad defensiva del legionario romano cuando una jabalina lanzada por el enemigo atravesaba su escudo y quebraba la rigidez de la defensa portátil como si fuera de cartón. Colligati es la palabra que aparece en la Guerra de las Galias, de Julio César. La cualidad del latín para sintetizar acciones y situaciones se ha perdido en las lenguas románicas, más digresivas, y Liberio, que traduce para un alumno suyo el texto de César, se ha atrancado en colligati y busca el magisterio de Quirón, quien resuelve el significado. El legionario romano portaba el escudo fuertemente atado al antebrazo izquierdo, lo que se convertía en un obstáculo para su seguridad cuando el hierro enemigo lo atravesaba o lo rompía porque no podía desprenderse de él. Esto es lo que preocupaba a César y lo que preocupa ahora a estos cuatro veteranos vecinos de la ciudad subpirenaica que fundara Cneo Pompeyo Magno, primero aliado y luego adversario de César.

La Guerra de las Galias desaparece en el bolso de Liberio y la historia da un salto de más de dos milenios y una centuria para caer en la elegancia de la que hizo gala Rajoy en su retirada. Es un tópico muy repetido que Quirón ha discutido en una reunión familiar del pasado fin de semana y que le tiene encorajinado. Rajoy es el tema de conversación más frecuentado en estos cafés de media mañana desde hace años y diríase que nunca nos libraremos de su fantasma. Una tormenta de epítetos, como estacas en el corazón, cae sobre la presunta elegancia del personaje. Hay consenso en que Rajoy se comportó en su retirada como el cobarde y huidizo egotista que se había revelado siendo presidente del gobierno.  No es seguro que el ectoplasma de Rajoy no vaya a volver a la mesa de café  en alguna fecha posterior pero esta mañana se ha llevado una buena tunda. El mapa de la tertulia es una enciclopedia fantástica, un jardín de los senderos que se bifurcan, y los reunidos hablan del procés catalán, o lo que queda de él, de su sustrato carlista, de la batalla de Lácar, convertida en una fiestecilla turística que se celebra cada veinticinco de junio, y nadie sabría decir cómo la deriva de la conversación ha arribado a la mirada de Silvina Ocampo sobre Bioy Casares y Borges, su marido y su amigo, respectivamente, ante cuyos cabildeos de compinches exclama, ¿de qué se reirán esos idiotas?  En la mesa de al lado, dos mujeres no pueden evitar oír a los contertulios, aunque solo sea por el tono de voz de quien esto escribe. La alusión a la escritora argentina lleva a comentar lo escandalosamente rico que era ese grupo de intelectuales de la alta oligarquía bonaerense. Iacoppus relata que la familia Ocampo se desplazó a Europa en un crucero e hizo cargar con el equipaje dos vacas que habrían de proveer de leche fresca a las hijas pequeñas. El escribidor apunta una historia que él y Iacoppus han oído a un amigo común que conoció a Bioy Casares. El ligón impenitente que fue el escritor se hacía acompañar en su irremediable vejez por una joven ninfa sin más función que alegrar su imaginación y calentarle la cama. Como el rey David y la sunamita, exclaman al unísono Quirón y Liberio. La vejez de Bioy trae a colación el libro recientemente aparecido de nuestro amigo y paisano, salpimentado con alguna anécdota vecinal, pero ninguno de los contertulios parece interesado en las postrimerías. La tertulia es una feliz y arbitraria navegación por los mundos imaginarios de los cuatro y aterriza suavemente en la única realidad que nos identifica: la salud y sus pejigueras. No hay encuentro de oversixties varones que no comprenda un breve capítulo sobre la salud. El estilo radica en que sea lo bastante pudoroso y distante como para parecer que no nos importa el asunto.

El verano ha invadido la ciudad. Nos despedimos a la puerta del café, situado en una plaza multirracial del casco antiguo. Quirón ha de hacer la compra en el súper. Los otros tres caminamos juntos a nuestras tareas con la parsimonia que nos dicta la osamenta. Saludamos a un amigo que nos devuelve por unos instantes al pasado, y que desaparece en la primera bocacalle, como el pasado. La liviandad indumentaria que nos rodea agita el pensamiento. Me gusta el ombligo de las mujeres, piensa en voz alta Liberio, esa señal que marca la linde del monte de Venus. Para mí, lo más atractivo es la espalda, replica Iacoppus; la imagen más erótica de la historia del arte me parece la Venus del espejo, de Velázquez. Para mí son las piernas, tercia este escribidor. La minifalda y la conquista de la Luna son el legado más importante que dejaremos a las generaciones venideras. La visión de las primeras muchachas en minifalda y los saltitos de aquellos astronautas sobre el paisaje lunar son emociones que conservan una aureola onírica, legendaria. Solo por haberlas experimentado podemos sentirnos afortunados de haber vivido en esta época.

Y así ha transcurrido una mañana solar, vívida, irrepetible.