El ex ministro fugaz don Huerta ha cerrado su cuenta de tuiter como quien quema las cartas de la novia que le ha plantado, para no tener ninguna tentación de regresar, ni siquiera con el pensamiento, a los tiempos felices y esperanzados en los que este artilugio era el tambor de hojalata de un niño malcriado. Desprenderse de la cuenta de tuiter es despojarse de la identidad, cercenar los lazos que te atan al entorno, liquidar una rutina cercana a la adicción; en resumen, desertar del mundo. Es una acción similar a la de los antiguos penitentes que desembarazaban de sus bienes, se rapaban la cabeza, enfundaban el cuerpo en una túnica de estameña y desaparecían en el yermo. A partir de este momento, a don Huerta se le abre un ilimitado ramo de expectativas biográficas, desde voluntario de una oenegé hasta asesino en serie porque nadie sabrá de sus andanzas futuras.

Tuiter es el taller de pirotecnia para uso personal con el que cualquiera puede montar su propio castillo de fuegos artificiales pero, como en todos los chismes de nuevas tecnologías, el usuario no suele leer el manual de instrucciones que le advierte de las contraindicaciones. La más obvia es que toda ocurrencia que se estampe es indeleble y podrá ser usada en su contra. Curiosamente, esta circunstancia ha obligado a reintroducir en el lenguaje público una fórmula de urbanidad que parecía prescrita en este tiempo de tratamientos llanos, directos y democráticos.  La fórmula es, pido disculpas si he ofendido a alguien [por mis mensajes en tuiter] y empieza a ser de uso generalizado en la clase política. La última, por ahora, en usarla ha sido doña Lorena Ruis-Huerta, portavoz de podemos en la asamblea de Madrid, después de pifiarla en una misión de observadores de las elecciones colombianas en la que la tuitera se declaró partidaria de uno de los candidatos. La interpretación literal del mensaje era que la diputada española no iba a observar sino a manipular las elecciones, y, claro está, ha sido expulsada de la misión.

Tuiter desdeña dos conquistas de la humanidad sin las que no hubiéramos llegado hasta aquí: la retórica y la diplomacia. Un tuitero ignora lo que sabía un escolar de primaria de los de antaño, que el contenido de un mensaje en el formato exigido por esta red de mensajería,  o es un tópico o es un equívoco, o no aporta información alguna o es indescifrable. Hay que ser un genio del lenguaje para decir con claridad algo interesante y fundamentado en doscientos ochenta caracteres. La duplicación del número de caracteres permitidos por las autoridades de la red no ha hecho más que aumentar exponencialmente la garrulería. Tuiter es la proyección universal en lenguaje escrito de la parla cotidiana, en la que el ruido es el factor dominante. El usuario escribe al ancho mundo como habla con su vecino o con su cónyuge, en un lenguaje primario, sentimental y desinhibido, que le pone en evidencia y le deja inerme ante la crítica. Acuérdese de cerrar su cuenta de tuiter antes de salir a la calle si no quiere terminar el día pidiendo disculpas a quien hayan podido ofender.