La presa recién adquirida posa junto a su captor con una media sonrisa ratonera de quien pide perdón por haberse dejado atrapar mientras sujeta con la pinza de sus dedos índice y pulgar de las dos manos la camiseta blanca del club con su nombre, que certifica el resultado de la cacería, como los delincuentes sostienen el tarjetón que les identifica en la foto de la ficha policial. En esta se lee: Lopetegui. El aludido, temblón e inseguro, se explica mediante una efusión de emociones autorreferenciales y profiere bobadas como, ayer fue día más triste de mi vida desde la muerte de mi madre y hoy es el día más feliz, destinadas a encubrir la realidad de los hechos, a saber, que ha vendido la confianza de la nación de la que era depositario por dinero. Nunca un héroe había dilapidado tan rápidamente el crédito recibido. Los seleccionadores del equipo nacional de fútbol ostentan en el ánimo del común un rango equivalente al jefe del estado (aquí, desde luego son más importantes que el rey, y menos discutidos), y si su ejecutoria se ajusta a la responsabilidad que tienen asignada, hasta pueden hacerse merecedores de un título nobiliario y la condición de padre de la patria, como Del Bosque. Lopetegui, el felón, no subirá a ese podio.
A su lado, el cazador. El tipo que dirige algunas de las empresas más importantes del país y regenta la notoria oficina de altas influencias a la que llaman palco del bernabéu se ha dado el gustazo de descabezar a la selección nacional en la víspera del encuentro del mundial. Don Florentino Pérez tiene las maneras atildadas de un jefe de negociado pero es un predador temible y soberbio, deseoso de demostrar que es más grande que la única institución de la que quizá pueda decirse que concita algo parecido a una conciencia de comunidad nacional y que es, o era hasta ahora, invulnerable a los tirones separatistas de uno y otro lado del mapa. El cazador es además un excepcional hombre de negocios. Al anunciar la captura del seleccionador nacional y provocar su despido de este empleo antes de la competición ha conseguido dos objetivos medibles en términos crematísticos: ahorrarse la cláusula de rescisión del contrato que su presa tenía con la federación de fútbol y evitar que un mal resultado en la competición devaluase la conquista a los ojos de la entregada afición madridista.
En un cierto sentido, es solo fútbol, si hacemos abstracción de los millones de seguidores internacionales que tiene el espectáculo y de que la noticia del rapto (voluntario) del seleccionador publicitada en todo el mundo ha ido en cadena con el ingreso en prisión del cuñado del rey y del desplome del gobierno por los delitos de corrupción acumulados por su partido. El gesto supremacista del patrón del realmadrid viene a ser la última viñeta de esta sucesión de episodios nacionales. Es el fútbol en su más alta función, como espejo de la sociedad. De momento, otro pupilo de don Pérez ha conseguido pactar un acuerdo de reparación de sus fechorías fiscales y, después, sobre el césped ha frenado a la roja.