La conjunción de dos noticias distintas y distantes produce un extraño eclipse informativo. En términos geográficos los hechos noticiosos están muy cerca uno de otro, pero a una distancia sideral en nuestro paisaje cognitivo. Una, la sentencia que ordena el ingreso en prisión del yerno del rey; otra, la acogida en Valencia de varios centenares de refugiados. Espejo del mundo en que vivimos y lo que parece una suerte de reparación histórica, aunque sea en tono menor y con carácter provisional. Un representante conspicuo de la élite depredadora paga por sus actos y a un puñado de parias de la tierra se les da la oportunidad de vivir. Diríase que la república ha recuperado la inteligibilidad, la decencia y la esperanza. Luego vendrán los distingos administrativos y vericuetos legales. Al presidiario le preparan un módulo carcelario especial, vip, como se dice, en el presidio que ya ocupó un predecesor ilustre, don Roldán, otro saqueador de las cuentas públicas, y ya se hacen cálculos de calendario sobre cuándo mejorará el grado penitenciario y cuándo podrá salir en libertad provisional. A su turno, los refugiados no tienen garantizado ni un día de su futuro, más allá del corto tiempo en que reciban los primeros auxilios. Después, tal vez sean acogidos, o tal vez deportados, tal vez devueltos al infierno del que proceden, confinados sine die, separados de sus familias… ¿quién sabe? Cuando nos hayamos olvidado de los pasajeros del Aquarius, seguiremos hablando del pasajero del Nóos.
La opinión está confundida. El mismo acerado sentido de la justicia que exige que don Urdangarin entre el prisión y cumpla la condena a la que ha sido sentenciado, duda sobre si los refugiados merecen vivir entre nosotros. El príncipe mangante es de los nuestros, un personaje del folclore doméstico, pero ¿quiénes son esos tipos oscuros que cantan y bailan en una lengua ininteligible porque creen que han salvado la vida?, y sobre todo, ¿cuántos más van a venir? Los partidarios del asilo enfatizan que son seres humanos, como si no fuera evidente. Pero los refugiados nos impiden con su presencia disfrutar del confort ético que supone saber que un miembro de la familia real irá a la cárcel y, en consecuencia, que la ley es igual para todos, como dice el manoseado tópico de estas horas. Por ahora, el dilema es irresoluble. Tanto la peripecia del yerno del rey y compañía como la emergencia de los refugiados del Aquarius son fruto de la lenidad cuando no de la mala fe de los gobiernos, de los anteriores gobiernos españoles en el primer caso y de los europeos en su conjunto en el segundo. Entre tanto, disfrutemos de esta vaharada de buena conciencia cívica. El delincuente a la cárcel, no importa su alta cuna, y los miserables extranjeros a la sopa parroquial. Y nuestro honor, salvado. Ya lo han dicho también en el telediario.