(Homenaje a las mujeres en huelga el día 8 de marzo)

Las primeras páginas  de la Odisea describen una escena doméstica en el palacio de Ulises en Ítaca, quien no ha regresado de la guerra de Troya. Un aedo entretiene a los pretendientes de su mujer, Penélope, recitando un poema sobre el desastroso regreso de los dánaos.  Penélope oye al cantor desde sus aposentos y se siente ofendida, se cubre la cabeza y las mejillas con el velo e irrumpe en la reunión masculina  para pedir al poeta que recite otra historia, pues en mí como en nadie se ceba un dolor sin olvido, que tal es el esposo que añoro en perpetuo recuerdo. En ese momento es su propio hijo, el discreto [sic] Telémaco, presente en la reunión, el que sale al paso de la petición de Penélope porque a él y a los gorrones que están con él les complace el canto y ordena a su madre, tú vete a tus aposentos de nuevo y atiende a tus propias labores, al telar y a la rueca; el hablar les compete a los hombres y entre todos a mí, porque tengo el poder de la casa. La escena resulta consabida, es como si aquellos tipos estuvieran viendo un partido de final de liga en la tele con cervezas, algo para picar y bufandas del equipo al cuello.

La historiadora Mary Beard abre con la evocación de esta escena homérica un pequeño volumen titulado Mujeres y poder (ed. Crítica), que contiene dos conferencias respectivamente dedicadas a La voz pública de las mujeres y a Mujeres en el ejercicio del poder. Es un librito intrigante y muy informativo, escrito con la característica mezcla de alta erudición y sentido divulgativo de la conocida autora, que explora las hondas raíces que tiene la discriminación de la mujer en la cultura occidental y lo equívocos que resultan los modelos de heroínas (Atenea, Antígona, Clitemnestra, Medea, etcétera) que ofrece la herencia grecorromana, con los que la autora ilustra aspectos de su propia experiencia y de otras  mujeres contemporáneas en sus ámbitos profesionales.

Los lectores (masculinos) que hayan leído la Odisea o crean conocerla pueden hacer un ejercicio nemotécnico de resultados sorprendentes: ninguno recordamos el episodio que evoca Beard de Penélope acallada por su propio hijo mientras bullen en la memoria las ingeniosas aventuras de Ulises con el cíclope, las sirenas, la hechicera, los pretendientes, etcétera, y sin embargo es el episodio que abre la epopeya, vale decir, el que inaugura uno de los vectores más poderosos y sostenidos de nuestra cultura. Para que disfrutemos de las aventuras de Ulises es necesario que su esposa, que le ama y sufre por su ausencia, se mantenga callada y se quede en la cocina. Un mito fundacional de la civilización europea se inicia con el mandato explícito a una mujer para que se abstenga de hablar en público y vuelva a sus labores de la rueca y el telar. El mito, como apunta Mary Beard, o el relato, como dicen ahora nuestros políticos, quedó fijado para los tres milenios siguientes como competencia exclusiva de los hombres. Lo que da idea de la ciclópea (esta sí, de verdad) lucha que vienen librando las mujeres y lo que les espera.

Penélope fue, pues, la primera ama de casa y fue un constructo masculino, casi mil años antes que la Virgen María, otra construcción imaginaria de los hombres, y de los secuaces de su hijo en especial, que estos días han sacado en procesión los obispos españoles a cuenta de la huelga convocada por el movimiento feminista. Los obispos no tienen una idea clara sobre en qué sentido debe ir la procesión y han lanzado mensajes contradictorios (también inanes, pero eso viene de serie) ante su parroquia. Unos dícen que la virgen se sumaría a la huelga; otros, que la inspira el demonio. Esta confusión episcopal debe apuntarse como un éxito de las feministas y una prueba, siquiera menor, de que van por buen camino.

(La imagen que encabeza esta entrada es un retrato al óleo realizado por la pintora María Carro Etxeberría, que expone una muestra de retratos femeninos en el Palacio del Condestable de Pamplona)