La doctrina de este tiempo está dedicada a perorar sobre el populismo. No se trata tanto de identificar y describir un movimiento político cuanto de dar noticia y crear un estado de alarma por el borbor que sienten las clases dirigentes bajo el almohadillado escabel donde posan sus pies. Algo no funciona ahí abajo y, antes de bajar como un pocero resuelto a arreglarlo se cacarea sobre el ruido y el olor que presagian la catástrofe. Esta actitud se debe en buena medida a la formación predigital de nuestros intelectuales orgánicos. El pálpito de la realidad ya no se proyecta en los libros ni en los periódicos del quiosco sino en internet y en las redes sociales, las cuales producen un cierto efecto de ensimismamiento en quienes las habitan. Los tuiteros y su círculo de megustas tienden espontáneamente a creer que están solos en el mundo cuando construyen un tipo de comunicación en bucle, que envuelve en un mismo mensaje exponencialmente repicado y difundido a todos los que participan en él pero que luego ha de pasar el trámite de la realidad. Este ensimismamiento se ha podido apreciar con claridad en la deriva del proceso soberanista catalán. Ha tenido que producirse una estrepitosa derrota del proyecto para que sus promotores comprendieran que carecían de recursos y de apoyos para alcanzar el objetivo. En resumen, para descubrir que no estaban solos en este mundo para hacer su entera voluntad.
De esta evidencia podríamos destilar un concepto de sociología recreativa previo y más inquietante que el de populismo y al que llamaremos ‘manadismo’, el cual parece estar en el germen de las nuevas formas de socialización y del que también tenemos algún ejemplo bien visible. En estos días se juzga una (presunta) violación colectiva perpetrada por una banda de (presuntos) abusadores sexuales reunida en un grupo de mensajería digital al que ellos mismos llamaban la manada. En sus dispositivos móviles almacenaban el testimonio de sus fantasías, estrategias, citas y fechorías. La comunicación digital estimula la emotividad y la impudicia; la primera cree en el valor supremo de los propios sentimientos y antojos; la segunda sostiene nuestro derecho absoluto a hacerlos públicos. El resultado es una especie de bestialización del individuo y de la sociedad. Este término no es necesariamente negativo: la mezcla de efusiones afectivas entre seres humanos y entre individuos de otras especies (preferentemente gatitos) que se rastrean en la red dan noticia de un cálido y afectuoso entramado sin el que la vida no sería posible.
Pero la bestialización tiene otras caras más oscuras e inquietantes, una de las cuales también se ha hecho pública estos días en un grupo de policías municipales de Madrid convertido en una manada y su foro de mensajería digital en el muro de una cloaca donde estos funcionarios estampaban amenazas, insultos, exaltación del crimen, loas al nazismo, apología del matonismo y promesas de terrorismo. Pone la piel de gallina imaginar que el poli en el que depositas tu seguridad está pensando en dar una muerte agónica a la alcaldesa o en poner una bomba en una televisión y tiene colegas que le secundan y recursos materiales para llevar a cabo sus fantasías. En un país de mediana decencia, estos tipos, miembros de un cuerpo armado, habrían sido apartados de sus funciones precautoriamente a la espera de lo que dijese el juez, aunque solo fuera por mera salud pública, pero aquí vivimos en un estado de derecho y todo indica que habrá que esperar a un dilatado proceso tras el que con toda probabilidad no serán inhabilitados para servir al público con una pistola al cinto, toda vez que ya han salido en su defensa los sindicatos policiales y el eximio portavoz del partido del gobierno.