Paseo matinal en el día de difuntos. El sol está encelado tras una gasa de nubes y reina una temperatura tibia, que impide olvidar el verano interminable de este año. Las calles aparecen desiertas, ahuyentados los espantajos de halloween. El paseante se ve como un superviviente, o un zombi, para decirlo a la moda del día. Otros zombis se cruzan en su camino. Ellas, a paso firme, resueltas. Ellos, acompañándose de un perrito, que parece la parte viva de la pareja. Si el otro es su semejante –jubilado, ligeramente perplejo-, ambos cruzarán una mirada interrogativa, sostenida durante unos segundos, antes de perderse de vista. ¿Quién eres tú, qué haces aquí?, ¿por qué no te conozco si pareces mi hermano?, dice la mirada que cada uno dirige al espejo de sí mismo. El paseante recuerda haber visto esa mirada en un documental de naturaleza en la tele: dos viejos leones, dos machos viejos, desahuciados de sus respectivas manadas que se cruzan en la soledad de la sabana, se miran con más sorpresa que celo, bajan la cabeza y siguen su camino. Una gacela cyborg viene hacia el paseante con las orejas taponadas por minúsculos auriculares y hablando con alguien que estará en la nube o quizás consigo misma. Hubo un tiempo remoto en que tú también hablabas solo mientras paseabas, a menudo en voz bastante alta, y sin pinganillo en la oreja, a pesar de lo cual la señal de audio te llegaba clara y fuerte. Era cuando la cabeza hervía y necesitabas un interlocutor de confianza con el que ordenar las ideas y aplacar el volcán de la ira. Van a creer que estás loco, advertía tu padre. Un consejo prudente: la locura era un estigma social y no convenía dar pistas al vecindario. Ahora descubres con sorpresa que puedes pasear largamente sin que un pensamiento digno de ese nombre te excite o te perturbe. La vida se retrae, economiza recursos, y los pensamientos de juventud eran un puro y gratuito derroche. Los únicos mensajes que acompañan a tus pasos son los de las articulaciones óseas y el fuelle de la respiración. Apuras tu condición de zombi, que es lo único que te queda.

El paseante se dirige hacia el campus de la universidad de su pueblo para arrancar unas imágenes de este otoño remiso y mezquino. Echa mano de la cámara y enfoca a los arces, tejos, liquidámbares, que escoltan los musculados edificios de Sáenz de Oiza. En esa tarea, la memoria le lleva a  Blow up y al fotógrafo que amplió obsesivamente la imagen tomada en un parque londinense para descubrir el cuerpo inerte de alguien, que asomaba semioculto en unos arbustos lejanos. La prueba de un asesinato. Qué películas tan raras nos intrigaban entonces; tú querías estar allí, en aquel parque, en el lugar de ese apolo azogado y nihilista que interpretaba David Hemmings y que aquella especie de jirafa huesuda que era Vanessa Redgrave te suplicara como le suplicaba a él. Apartas la cámara de la cara y alrededor no hay nada, ni occiso entre los arbustos, ni la chica atribulada y oferente, ni fotógrafo apolíneo. David Hemmings murió, no sé, hace ya unos cuantos años. En sus últimos papeles –Gladiator, Gangs of New York– estaba gordo y exhibía ese estigma de la decrepitud que son unas cejas pobladas e hirsutas. En ese momento toda la melancólica energía del día de difuntos se concentra sobre el paseante. Sería retórico decir que le envolvió un frío sepulcral pero, en todo caso, echó a andar y apretó el paso, como si huyera.