No se puede hacer la historia sin palabras; para impulsarla primero y/o para explicarla después. Las palabras son el alicatado de los hechos. Los tiempos nuevos, y todos lo son cuando llegan a nosotros, exigen palabras nuevas, que parecen flotar en el flujo calmo y consabido del lenguaje. Unas desaparecen al poco, arrastradas por la corriente; otras reclaman nuestra atención, se mantienen a flote y ejercen el magnetismo de lo que parece significar más de lo que aparenta. Empoderamiento, que mi corrector cibernático de textos todavía no reconoce y la subraya en color rojo censura, es una de estas últimas. Empoderar es, simplemente, dar poder, pero ya en el diccionario rae su significado tiene un matiz, derivado del sentido que trae del original inglés: se trata de hacer poderoso y fuerte al individuo o grupo social desfavorecido. En un sentido anticuado y en desuso, los individuos se hacen fuertes y poderosos frecuentando el gimnasio para hacer pesas, ganando dinero en los negocios o aprobando una oposición con plaza de registrador de la propiedad. Es un significado estrecho y aristocrático, cuando el sentido actual de la palabra es ancho y democrático. Todo el mundo puede empoderarse, o intentarlo, por sí mismo o con ayuda de otros, mediante la consecución de más derechos y de recursos legales y económicos para hacerlos valer, a condición de que le sea reconocido un déficit o carencia previa. Es, pues, un término de vocación revolucionaria, o, al menos, decididamente reformadora.
Empoderamiento guarda una curiosa relación de sinonimia y antonimia simultáneas con otra palabra antaño revolucionaria y hoy en completo desuso: emancipación. Esta palabra habla de liberación de las cadenas, mientras que empoderamiento parece referirse a buscar un buen cerrajero. No te librarás de los hierros pero puedes aflojar los grilletes, reducir el peso de la bola y, con suerte, compartirlo con el vecino de bancada. Emancipación y empoderamiento denotan un mismo anhelo y dos visiones opuestas del mundo. De jóvenes fabulábamos con emanciparnos de la familia, de la sociedad, del trabajo, de la religión, de la rutina, de todos los lazos que nos constituían y que hemos terminado por reproducir fielmente. Mis nietas, hasta donde puedo atisbar, no quieren emanciparse de su abuelo, solo empoderarse ante él, es decir, hacer valer su voluntad tanto como sea posible. Emanciparse en el mundo de las redes es misión condenada al fracaso; lo que hay que intentar es alcanzar los primeros puestos en los buscadores de google. Eso es empoderarse.