Tal vez los espectadores, aquejados de inenarrable impaciencia y hastío, lleguemos a extraer alguna enseñanza del delirante tormento de estas semanas dizque históricas. Se me ocurren dos: una mayor familiaridad con los sonidos vocálicos del catalán y la confirmación de la talla de nuestra clase política, que no diremos que es la peor de Europa para no caer en el nacionalismo, aunque sea crítico. El fragor que mana de la pantalla del televisor –manifestantes en la calle, tertulianos azogados, políticos sentenciosos, discursos fraudulentos, presentadores obsesos a la espera del gran advenimiento- envuelve un silencio de o.k. corral a la espera de que las bandas enfrentadas desenfunden y, bueno, ya se verá lo que pasa, a condición de que no olvidemos que estamos ante un largometraje interminable, o peor, ante una serie de televisión. Resumen del capítulo anterior y todo eso
Entretanto, es perceptible la mejora de la pronunciación del catalán entre los periodistas obligados a mimetizarse con el paisaje, que no tienen la suerte de tenerlo como lengua materna. Los sonidos vocálicos en especial, más variados y lábiles que en el seco y rotundo castellano. Las lenguas crean mundos y los mundos, con un poco de la mala fe que se ha visto en estos meses, crean fronteras, así que, por ahora, y mientras el prusés llega a su término, si lo tiene, estamos aprendiendo idiomas. Botifler es más sutil que traidor. Designa a quien está en el bando equivocado, lo que termina por no ser difícil en ese zigzag de pactos y desafíos, componendas y desplantes, aceleraciones y frenadas, mientras que traidor evoca a un figurón nocturno con navaja cachicuerna. Nadie quiere ser traidor y el escenario se llena de botiflers.
No hay buena película sin un buen reparto. Los intérpretes pueden salvar un pésimo guión. Tampoco en esto ha habido suerte. Ninguno de los figurantes en la historia está a la altura de la Historia. Si está ocurriendo algo verdaderamente memorable, no lo parece. Chist, un momento, que aparece don Puigdemont, el líder inmarcesible, después de seis horas de espera, silencio, pues. Pasea la mirada por el público, se enfrasca en los papeles que ha desplegado en el atril, perora, recoge los papeles, mira de soslayo, se va y no hay nada. La atención se dirige al saloon donde está la otra banda. Doña Soraya dicta desde la tribuna una lección de derecho constitucional que envuelve una garrota. A ver, un titular, requiere la presentadora del programa a los invitados a la tertulia televisiva.
De verdad, ¿nos merecemos esto?