El paradigma del fin de historia, proclamado a principios de los años noventa, a raíz del desplome de la dialéctica de bloques, se ha enseñoreado de las maneras de la acción política y como un shiri-miri tenaz ha penetrado en la sociedad. Una especie de adanismo se instala en el anhelo social de crear un paraíso propio y manejable –un jardín- que se ajuste a los deseos del vecindario y, en último extremo, a los de cada individuo concreto. La política se ha vuelto una cosa íntima, hondamente sentida e incomunicable si no es a través de la proliferación y el fomento de sentimientos, emociones, sensaciones, querencias, etcétera, muy estilo New age, que impregnan los entrecruzados discursos públicos. No hace falta ilustrarlo con ejemplos de esta realidad cotidiana. Esta efusión aspira a crear un relato, como se dice ahora. Pero la historia no es un relato sino una maraña de hechos realmente ocurridos que los historiadores deben desentrañar y ordenar, y que, aun ignorados, son las hilachas del tejido de nuestro presente. Están, no solo en la memoria de los individuos, sino, lo que es más grave, en las leyes, en las instituciones y en los modos de entender y hacer política. La pretensión de crear una realidad ex novo en el suelo que pisamos todos es una quimera inquietante, como se está viendo estos días.
Es la resistencia de la realidad la que ha llevado el adanismo reinante al terreno del lenguaje. Ya que no podemos cambiar los hechos, intentémoslo con las palabras. Es el principio del lenguaje políticamente correcto, que siempre es una forma de censura. En la América de don Trump hay un movimiento que propugna la retirada de ciertos libros de obligada lectura en los currículos académicos porque contienen expresiones y situaciones incorrectas para la ingenuidad imperante. La última víctima es Matar un ruiseñor, de Harper Lee, una de las novelas más leídas de la literatura norteamericana, porque en sus páginas se encuentran expresiones (nigger, negrata) ofensivas hoy en las aulas. La misma inquisición ha caído antes en otras obras sin las que sería imposible entender la literatura universal, y no solo norteamericana: Las aventuras de Huckleberry Finn, El gran Gatsby y Las uvas de la ira. Hasta donde sabe este escribidor, la palabra articulada y discursiva es un componente medular de la cultura política de aquella república, donde carecen de leyendas y mitos remotos como los que sustentan los países europeos. Desde la biblia libremente interpretada hasta los discursos presidenciales y las grandes novelas, la literatura es un ingrediente básico del conocimiento del país, un instrumento de la retórica política y un componente esencial de la alta cultura. Mal asunto, pues, si empiezan a manicurarla en nombre de nuevos prejuicios adquiridos.
En la balsa de piedra en la que vivimos no hay tal riesgo. El analfabetismo rampante hasta hace menos de medio siglo, el silencio que envuelve el pasado, el peso de los dogmas de toda clase y el desprecio por la retórica en el foro público, cuyo epítome son los retruécanos y tautologías de don Rajoy, hacen innecesaria cualquier cirugía de corrección política en los textos. A los más afortunados de nuestra generación se nos recitaba en clase el poemilla satírico A una nariz, de Quevedo, sin que se nos explicara el feroz alegato antisemita que el poema es y su duradero efecto nuestra cultura nacional. El debate educativo no ha progresado gran cosa desde entonces y aún esta centrado en asuntos de intendencia entre la escuela pública y universal y/o la privativa en manos de los curas et alii. Así que queda tiempo para que nos pongamos a discutir de los contenidos.