La tertulias televisivas se vieron ayer agitadas (es un decir, porque traen la agitación de fábrica) por la noticia de que los fondos reservados del estado sirvieron para comprar el silencio de una amante del rey. Los amoríos del rey emérito y la domadora de leones y más tarde con la aristócrata comisionista son historias que han recorrido jubilosamente los subterráneos del régimen del 78 como parte de su folclore. La imagen del rey casquivano pone a los castizos, qué le vamos a hacer. Lo que parece hacer escandalosa esta conducta en tiempos de penuria es que los gastos que todo amorío comporta  se hayan pagado con dinero de nuestros impuestos, como decía un tertuliano bravío, el cual añadía esta explicación ratonera, lo que haga el rey de cintura para abajo no importa a nadie pero no puede hacerlo a costa de nuestros bolsillos. El fallo de este, digamos argumento, es que el rey no tiene dos cuerpos separados por una frontera imaginaria a la altura del ombligo sino que todo él, y durante todo el tiempo, representa al estado, es el símbolo del estado porque así está prescrito en la constitución, así que toca que apechuguemos como sus virtudes y sus vicios, y ambas cuestan dinero. Los dos cuerpos del rey es un viejo dilema de teología política medieval en el que se discierne entre el cuerpo místico del monarca, que, en tanto que representante de dios, es intangible e inmortal, y su cuerpo carnal, falible y corrupto como el de todo hijo de vecino. El dilema medieval es un antecedente de la moderna distinción entre vida pública y privada, que según el clarividente tertuliano mencionado más arriba tiene la frontera en la entrepierna. En todo caso, el dilema plantea una doble interrogación. Al rey porque debe resolver con su conducta donde empiezan y donde terminan sus dos cuerpos –¿qué pasa si la entrepierna atrae a su cama a la espía de una potencia extranjera?-, y a la sociedad porque debe marcar los límites tolerables de los antojos reales. Los borbones, antecesores de nuestra dinastía reinante, resolvieron este dilema compactando en una única y visible figura los dos cuerpos. El rey sol tenía esposa, amantes y concubinas que convivían en palacio, y comía, bebía, follaba y cagaba en compañía y a la vista de sus cortesanos para los que la asistencia a estos menesteres era un signo de distinción y poder.  Hoy con  facebook podemos imaginar la cantidad de me gusta que tendría el muro real. Luego vino la distinción entre vida pública y privada, que es también un invento francés, pero republicano, y en esas estamos, con un rey medieval que tiene hábitos burgueses, pues, ¿qué otra cosa es una monarquía republicana, como en ocasiones se identifica al régimen del 78? La mala noticia para el borbón es que el pueblo se harte porque no puede hacerse con una rubia escultural como las que se le arriman a él, y lo mande a paseo; la buena es que este pueblo no puede vivir sin rey, y mejor si es un poco casquivano porque su conducta exonera a los que lo son y permite soñar a los que no pueden serlo. La historia lo dice: somos el país que más reyes ha derrocado y más reyes ha restaurado. Ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio.