El paseante

Posted by on Ene 22, 2016 in Miradas |

Javier Mina es un paseante, de obra y de talante. Probablemente, no ha sido otra cosa en su vida. No importa qué camino se muestre ante sus ojos, su impulso inmediato es recorrerlo. Puedo recordar las innumerables veces que, siendo jóvenes, nos dejaba atrás en sus incursiones. Como si el mundo fuera demasiado ancho y variado para detenerse en una plaza, en un claro del bosque o en una encrucijada de carreteras, ha explorado las que ha encontrado a su paso, antes de dejarlas atrás, quizás para no volver jamás. Es un tipo de plurales habilidades, artista plástico notable y escritor concienzudo, que conserva intacto un entusiasmo que no puede calificarse sino de juvenil y que no rehúye zambullirse en el ardor de una biblioteca o en la chamarilería de un mercado de las pulgas con cuyos frutos urde libros de ficción y de ensayo, obras de teatro, guiones de cómics, exposiciones de pintura o de preciosos ready-made, y por último,  una autobiografía objetual, como la que expuso hace unos años en el centro Koldo Mitxelena: un sorprendente alarde armado con los artefactos y las imágenes que le han acompañado en su vida y la han dotado de sentido (por lo demás indescifrable, como en todas las biografías). Mina es hoy noticia en esta bitácora porque ha presentado su último libro, de nuevo un paseo, esta vez tras las huellas del escritor Luis Martín-Santos por las calles de la ciudad adoptiva de éste y de Mina, San Sebastián-Donostia. Martín-Santos (1924-1964) es, no hace falta recordarlo, autor de la que acaso sea la novela española más significativa de la segunda mitad del siglo pasado, y la pesquisa de Mina lo sigue y lo encuentra en las calles de su ciudad, con los suyos. Este livianno volumen de paseante es, a la vez, una exploración de la topografía pretérita de la ciudad, una crónica de los hábitos de algunas de sus gentes, y, sobre todo, un testimonio de un puñado de individuos que vivían e intentaban cambiar la vida en una época sombría, peligrosa y contradictoria. El libro se ha editado, hasta donde sé, al margen de los fastos de la llamada capitalidad europea de la cultura, que este año ostenta la capital guipuzcoana, y en esa marginalidad también se advierte un rasgo del quehacer de Mina, un tipo que anda por la playa de La Zurriola a la busca de pecios que le entrega el mar y que excitan su imaginación, su curiosidad y su compromiso...

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Los indecisos

Posted by on Ene 21, 2016 in Miradas |

Los que hemos convivido, malgré nous, con el carlismo, entendemos mejor las tensiones que han sacudido, puesto en evidencia y parcialmente quebrado, a Podemos en este minué previo de la formación de los grupos parlamentarios. En mi pueblo, los carlistas pasaron de ser apostólicos a leninistas en una generación sin dejar de creer que el mal estaba fuera de casa, curiosamente en el mismo estado-nación que ellos habían ayudado a instaurar cuarenta años antes a punta de fusil. Así que entendemos también la proclividad de los llamados movimientos populares a contraer esa enfermedad infantil que se conoce como el derecho a decidir. La primera percepción del pueblo es el pueblo mismo, es decir, su paisaje, su arquitectura, su folclore, su toponimia, y el primer impulso es preservarlo fuera de la acción del tiempo, fuera de la historia. Esta fuerza gravitatoria, y reaccionaria, es constante, aunque de intensidad variable, y afecta a todas las colectividades humanas -no solo a naciones sin estado o a aldeas galas, sino a estados muy pomposos, como Polonia ahora mismo-, a poco que se den las condiciones socioeconómicas necesarias, que afloran en periodos de crisis. La consigna es siempre la misma: salvémonos nosotros solos, ya que el mundo está condenado. Es una conseja que se retroalimenta de sus propios jugos; si los de fuera no quieren que abandonemos el tablero común es porque nos oprimen y nos humillan. Pero ¿alguien cree en serio que la independencia librará a catalanes, valencianos y mareados gallegos de la corrupción política, por mencionar una gangrena compartida por todo el país? Asaltar los cielos, que es un anhelo universal, y conservar el terruño doméstico con sus monas de pascua son objetivos contrapuestos, alojados en la práctica política de Podemos, que puede perder la mayor por conservar la menor. Ya ha ocurrido con su grupo parlamentario. La reciente autoinmolación de la CUP en Cataluña ofrece una enseñanza provechosa. Este grupo proyectó su utopía libertaria en un espacio nacional y aplicó una estrategia para conseguirlo mediante una prolija ceremonia asamblearia, una metáfora del paraíso cristiano donde el coro de serafines se celebra a sí mismo con la chirimía o la pandereta –opción a u opción b, en la votación- a mayor gloria del autor de la partitura. Cuando encendieron las luces y abrieron los ojos, no había ni utopía, ni nación, ni asamblea, y los libertarios, bajo la carpa del circo, perplejos. Y es que no hay nada que decidir porque la Historia decide por nosotros. Eso lo sabemos desde Hegel, que no sé si forma parte de las apps que pueden descargarse en los dispositivos móviles. Podemos debe cuidarse para no tropezar con su propia...

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Cine italiano

Posted by on Ene 20, 2016 in Miradas | 1 comment

Los viejos no debiéramos leer la prensa, por prescripción facultativa. Algunos lo hacemos para seguir creyendo que estamos en la pomada, pero es una fantasía, y tanto peor si no lo es. Leo que ha fallecido el cineasta Ettore Scola al que debo una de mis experiencias tempranas del fin del mundo. Fue en el quicio del milenio, hace pues unos quince años. Veía su película La cena, tan refinada, tan noble, y era el único espectador en la sala de los multicines Príncipe de Viana, que también han desaparecido, devorados por la especulación inmobiliaria. Allí estaba yo, solo, con las luminosas sombras que me habían acompañado en algunos de los momentos más felices de mi vida: Fanny Ardant, Vittorio Gassman, Stefania Sandrelli, a punto de despedirnos para siempre. Hace unos días supimos también del fallecimiento de Franco Citti, el joven macarra de las películas de Pasolini, que nos mostró la áspera poesía del arrabal en el que nos habíamos criado, antes de que terminara como sicario de Don Corleone. Ayer parloteaba en la tele Rita Barberá, la ex alcaldesa fallera, enjoyada, peripuesta, arrogante, zafia, como una Saraghina de Fellini que hubiera perdido la inocencia y la ternura por un bolso louisvuitton. Vivimos en la secuela de aquel irrepetible cine italiano, lo mejor de la cultura europea desde el final de la segunda guerra mundial, devastado por el tsunami de fango del berlusconismo, que nos alcanzó a todos y del que aún no hemos sacado la cabeza. Quién sabe si no terminaremos remontando la corriente hasta los orígenes y llegaremos al neorrealismo. Roma, città aperta o Germania, anno zero, digamos. Historias sin recursos de gentes sin recursos: colas para la sopa boba, ahora llamada banco de alimentos, trabajo escaso y precario, familias desahuciadas, indigencia energética, alambradas para los refugiados. De momento, parecen darse las precondiciones. El fascismo, o su secuela, ya es la primera fuerza en Francia y está en el gobierno en Polonia, donde ha decidido entrar en acción contra la Europa de los ciclistas y los maricones. Ladri di biciclette, Una giornata particolare, son películas que los viejos ya hemos...

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El señor Iturbe

Posted by on Ene 19, 2016 in Miradas | 1 comment

¿Qué vida lleva, señor Iturbe? De este modo tan coloquial empieza una entrevista a cuatro columnas publicada en el periódico decano de mi pueblo el pasado domingo dedicada a un capitoste/picatoste del guiso local. El periodismo de provincias consiste en remover incesantemente con un cucharón de palo la olla procurando mantener constante la temperatura del caldo para evitar que se churrusquen los tropiezos. El señor Iturbe es un personaje del mobiliario urbano desde hace por lo menos cuatro décadas, más tenaz y duradero que muchos otros aderezos de la ciudad, que se han desvanecido por jubilación o por quiebra del negocio. El autor de la entrevista lo califica en la entradilla de “concejal socialista por antonomasia”. Teniendo en cuenta que el partido socialista de mi pueblo no ha cesado de perder votos, escaños y áreas de poder desde que se presentó en sociedad, habremos de convenir en el mérito del entrevistado. Así que el periodista, consciente de esta aciaga circunstancia, pregunta al señor Iturbe como quien pregunta por la familia, “¿cómo ve al partido?” A lo que el entrevistado responde, “hay que hacer una revisión seria y hay mucho lastre que tirar”. Me imagino el temblor que habrá sacudido la médula espinal del partidico socialista al leer estas palabras porque el señor Iturbe es el único superviviente de la interminable sucesión de mutaciones, purgas, descartes y volteretas que ha registrado esta formación desde que la fundaran dos curas en los años setenta del siglo pasado. ¿Y a qué cree que se debe la pérdida de votos de su partido?, pregunta obsequioso el periodista. “Tenemos problemas con el voto urbano, con el joven, y de conexión con la sociedad porque al final nos convertimos en máquinas electorales”. Él debe saberlo porque su vida no ha sido fácil en los fogones de la máquina. Empezó con un sueño. Cuando solo era Iturbe lideró un partido revolucionario que, en las primeras elecciones de la democracia, llenó en un mitin la plaza de toros y al que después los votantes ignoraron en las urnas. Vino luego la inevitable travesía del desierto de la que fue rescatado por el entonces jefe de filas socialista, que lo cooptó como un obrero (así lo presentó, fui testigo) para la lista al congreso de un partido trufado de funcionarios, abogados de postín y profes de secundaria, en la que no salió elegido. Quedó de concejal para los restos -o por antonomasia, como escribe el periodista- y como cabeza de la facción de los chinos (por la procedencia maoísta de sus miembros) en la leyenda de los tejemanejes internos del partido. En la última pregunta, el periodista se lo recuerda como quien pregunta por la operación de próstata...

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Nuestro primo, el impostor

Posted by on Ene 18, 2016 in Miradas |

Mi hermano ha rescatado de algún recóndito cajón de la memoria familiar un sobre de correo postal dirigido a él con la caligrafía elegante y confiada que recuerdo como mía, de cuando aún era posible creer que una escritura pulida servía para algo más que para tener una escritura pulida. En el interior del sobre, un manojo de recortes de periódico, amarillentos, olvidados, glosan la noticia de un tipo que se hizo pasar ante las autoridades de Suecia por un conocido miembro de la banda terrorista vasca, con el fin de obtener los beneficios de refugiado político y quizás de escapar así de la persecución de otras autoridades por delitos más prosaicos. Ocurrió por estas fechas hace treinta y nueve años. El etarra al que intentó suplantar era muy conocido entonces (había formado parte del comando que asesinó a Carrero Blanco), estaba amnistiado y vivía en Francia con los papeles en regla como profesor universitario, así que la suplantación tuvo poco recorrido y mucha publicidad. El impostor era un remoto primo nuestro; su padre y nuestra madre eran primos carnales. La familia del impostor estaba desolada por la fechoría  y se apresuraron a dar toda clase de explicaciones públicas y a desmarcarse, como se dice ahora, de la ocurrencia del vástago. La suplantación de personalidad es un delito administrativo que, en la turbiedad de aquel tiempo y en este país, bien podía pagarse con la vida, según quién fuera el suplantado, como en este caso. ¿Por qué le pareció a nuestro remoto primo una buena idea investirse con la identidad de un personaje tan  notorio? Nunca se aclaró, al menos, públicamente. Visto con la perspectiva del tiempo, parece que todos los intervinientes, suplantador y suplantado, pero también las autoridades y la prensa, parecían urgidos a dar carpetazo a un asunto farsesco que tenía lugar en un territorio político muy vidrioso. La impostura fue obra de un txoriburu, como se decía entonces, un descerebrado. Cuando mi hermano me habló del contenido del sobre hace unos días, había olvidado por completo el suceso, que en su momento debió ocupar largamente mi atención, a juzgar por el minucioso archivo de las noticias que hablaban de él. Aún ahora, al releer estos marchitos papeles, no consigo establecer ninguna conexión del suceso con mi memoria. Recuerdo, sin embargo, vívidamente, a los padres, y singularmente al padre, del impostor, cuando venían a este pueblo por las fiestas patronales, muchos años antes de que todo eso ocurriera. Era un tipo joven y pletórico, jocundo, riente, al que me hacía feliz mirar. Un bilbainazo, como se decía entonces de nuestros primos vascongados, junto al cual mi madre y mis abuelos se sentían contentos. Es curioso cómo permanecen...

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Sesión continua

Posted by on Ene 17, 2016 in Miradas |

Lo malo de ser español, o griego, o italiano, incluso alemán, para no mencionar lo de kosovar, es que nadie está interesado en preguntarte tu opinión sobre la entrevista de Sean Penn al Chapo Guzmán, como si fueras el crítico de cine de una revistilla de barrio. La historia ocurre en una galaxia muy alejada de esta Europa gris y atribulada por los refugiados indeseados, el orondo desempleo, los infatigables recortes, la beoda prima de riesgo, la rampante xenofobia y el miedo a todo lo que se menea, que se extiende como una mancha de aceite. Por eso nos fascinan las historias de Hollywood, porque terminan bien y todos ganan dinero. Que si lo que ha hecho Penn no es periodismo, que si el entrevistado no es un héroe sino un criminal despreciable, que si el actor está arrepentido, que si sus colegas de oficio le apoyan, que si es la comidilla de la ceremonia de entrega de los globos de oro. Oro, globos, un chico malo, un facineroso gordo y ególatra, como Sydney Greenstreet, dios qué maravilla, el diálogo lo habrá escrito Tarantino, y luego está ese pibón, Kate del Castillo, un luminoso objeto del deseo en los riscos de Sinaloa, erizados de cactus, como Raquel Welch, o más modestamente, Shelma Hayek, con perdón. Sinaloa, qué bien suena, donde por aquí aún creemos que corretea Pancho Villa, no Emiliano Zapata, que ya sabemos que ese murió tiroteado en otra película muy antigua, de cuando el blanco y negro. La realidad como una función de cine en sesión continua, y aquí estamos, sentados en la oscuridad de la sala semivacía, los españoles, griegos, etcétera, con los ojos abiertos y el ánimo alelado. Aquí, la industria del espectáculo local tiene que robar el guión al bebé de Bescansa si quiere hacer una película de Ozores. No damos para más. Y sin embargo este asunto del comediante y el narco debiera interesarnos de alguna manera porque habla de la colusión de dos grandes poderes económicos y militares del planeta: el tráfico de drogas y el imperio americano, ambos entregados en este caso a un episódico negocio de soft power. Para no mencionar que los exteriores se han rodado en la herida de un país con el que, dícese, tenemos lazos de sangre: México. Aunque quizás aquí esté el quid de la cuestión. Si Penn hubiera entrevistado a Nicolás Maduro en vez de al Chapo Guzmán, podríamos haber participado en la coproducción. Maduro, ese sí que es un malo, malo. No le quitamos la vista de encima. Lo tenemos monitorizado. Lástima que a Hollywood no le interese un carajo y no vaya a comprarnos el guión para la película. Ellos se lo...

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