El incidente

Posted by on Feb 18, 2016 in Miradas |

Mientras escribo este comentario, asisto en línea al juicio oral contra la concejala madrileña Rita Maestre por la acción que ella y otros estudiantes llevaron a cabo hace cinco años en la capilla de la universidad complutense y en contra de la existencia de un espacio religioso en un campus público. Lo que ocurrió es sabido: una acción teatral o performance en un lugar que no está destinado a ese fin, como es preceptivo en estas acciones, lo que conlleva una temporal retorsión del uso del espacio y una violencia simbólica cuya intensidad es opinable y que los abogados de la acusación aspiran a convertir en delito punible. Los viejos tenemos dificultades de concentración y el desfile de los testimonios en el juicio me lleva a Rashomon, la película de Akira Kurosawa en la que describía un crimen a través de los testimonios contradictorios y parciales de los interesados en el hecho. El efecto del juicio es muy parecido al de la película. Los testimonios ofrecen una multiplicidad de detalles muy vívidos algunos, otros claramente impostados, y muchos más irrelevantes, que envuelven un acontecimiento que solo es un mosaico de interpretaciones. ¿Qué queda después de una función teatral? Respuesta: el impacto que deja en los espectadores, inasible en este caso por dos razones, porque los espectadores directos se pueden contar con los dedos de la mano y porque ha pasado mucho tiempo para recrear un hecho que duró unos pocos minutos pero luego fue largamente contado por unos y otros. Y aún hay otra diferencia entre el juicio y la película: en esta se relataba el asesinato de un hombre, pero aquí se juzga una ofensa a la sensibilidad religiosa, que no es un hecho sino un concepto. El desfile de testimonios continúa y la atención me traiciona de nuevo. La memoria me entrega ahora un hecho que agitó brevísimamente la quietud social de unas pocas personas en mi pueblo en algún momento de hace, digamos, más de cincuenta años. Un chaval, compañero de colegio, un balarrasa, como se les llamaba entonces, se asomó a la puerta de la parroquia de su barrio, San Agustín, durante la misa y gritó, “Viva Rusia”, y salió pitando. No sé que si aquella performance tuvo algún efecto disciplinario para el autor y tampoco he sabido nada de su vida posterior. Era hijo de una conocida familia de fabricantes de dulces que tenía la fábrica en una bajera de la misma calle de la parroquia. Que estas líneas sirvan de homenaje a su gesto, del que se habló bastante en su momento, en voz baja y sin Internet, como se hablaba entonces, y que ha dejado en quien esto escribe una perenne sonrisa...

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El documento

Posted by on Feb 17, 2016 in Miradas |

La propuesta de gobierno de Podemos ha obligado a leerla a mucha gente que no frecuenta estos tochos programáticos, ni ganas. Los peatones de la historia ya hemos aprendido que, en política, la teoría y la práctica discurren por carriles distintos y para manejarse entre el tráfico es más útil mirar a derecha e izquierda para evitar que te arrolle un camión de seis ejes que leerse el código de circulación. Así que la lectura del documento no es tanto para desentrañar sus contenidos como para comprobar su dureza como arma arrojadiza. El modo como lo presentó la dirigencia podemita ya presagia que era el servicio de un partido de tenis; ahora, esperamos el resto del pesoe. Ambos equipos no son complementarios sino competidores en ese objetivo gramsciano que es la hegemonía de la izquierda, una cuestión que no han resuelto las urnas, para frustración de unos y de otros. Así que, como dijo Artur Mas en ocasión análoga, hay que conseguir en la negociación lo que no nos han dado las urnas. Los podemitas intuyen que el pesoe quiere, ningunearlos, primero, y liquidarlos, después (ya ocurrió con el pecé en otras circunstancias), y los socialistas temen que lo que buscan sus malqueridos socios es partirles el espinazo. Ambos tienen buenas razones históricas para alimentar sus prejuicios pues somos hijos de la historia y esta pugna no parece sino la enésima edición de la que sostuvieron durante todo el siglo XX comunistas y socialdemócratas, con los resultados sabidos. En realidad no es así. Si se lee el apartado económico del documento podemita, que es el que afecta a la población, puede observarse que describe un programa típicamente socialdemócrata, basado en un aumento del gasto público y una política fiscal progresiva redistribuidora de las rentas. La mala noticia es que, si bien el comunismo se extinguió hace veinte años y no hay manera de resucitarlo, la socialdemocracia ha muerto en esta crisis, tan silenciosa y discretamente que sus militantes y simpatizantes no lo saben o fingen no saberlo. En España, el óbito se produjo cuando ZP aceptó modificar la Constitución con nocturnidad por presión de los mercados. ¿Es reversible este gesto? El pasado domingo, el periodista Jordi Évole reunió en su programa de televisión a un ramillete de ex ministros del pesoe y del pepé que representaban nítidamente lo que hemos venido a conocer como la casta, y en el coloquio salieron dos temas de rabiosa actualidad que caracterizan la gobernanza de estos años: a) la corrupción, que oficialmente está identificada por los poderes públicos desde 1991 (en mi pueblo, unos años antes, con las andanzas de Roldán y Urralburu) y b) el poder de los oligopolios y del capital...

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Vermiglosia

Posted by on Feb 16, 2016 in Miradas |

El palabro que da título a este comentario es un neologismo que acabo de inventarme formado por el procedimiento de copia/pega de dos palabras, latina una y griega la otra –verme, lombriz, y glossa, lengua- para designar la enfermedad del habla que lleva combatiendo mi sabio paisano, el profesor Aurelio Arteta, desde hace más de veinte años: la propensión de los hablantes a formar por extensión polisílabos (que él llama, con contenido humor, archisílabos) a partir de los sustantivos originales, más concisos y precisos, verbigracia: variabilidad por variación; funcionalidad por función, literalidad por letra, etcétera, por citar solo algunos ejemplos de su último artículo sobre la materia. Me imagino al profesor Arteta inclinado bajo la lámpara de su estudio, como un Darwin de la lengua, coleccionando lombrices verbales, y enfrascado en identificar las mutaciones morfológicas provocadas por sufijos y derivaciones. Lo que distingue a Darwin de Arteta es que el primero encontraba una función a estas mutaciones y el segundo ve mera degeneración o libertinaje. En los alborotados pinzones en los que Darwin observaba una lógica de la conservación de la vida, Arteta asiste al despendole de El jardín de las delicias de El Bosco. Creo que eso se debe a que Arteta, al contrario que Darwin, no tiene en cuenta el ecosistema del habla, el cual no solo comprende la literalidad (o letra, que aquí ya refieren cosas distintas) de la palabra, sino también su referente, su contexto, su campo semántico, y por ende la circunstancia del hablante. Es cierto que la hinchazón de las palabras obedece a menudo a un gusto por la pompa y el vacío, es decir, por la insignificancia, pero no siempre es así. Soy un admirado lector del profesor pero en dos ocasiones en que intenté seguir sus enseñanzas de contención silábica cometí sendos errores: la gripe aviar es aviaria, es decir, producida en las aves pero extensible a otras especies, según me hizo ver un epidemiólogo especialista, y las ondas gravitacionales no son gravitatorias porque no es que graviten sino que hacer gravitar la materia del universo. Desde entonces, ante una expresión inusual, ofrezco cautelosamente varias alternativas a mi interlocutor. El profesor Arteta es un moralista confeso y, para él, la buena dicción es la base de la moral pública. «El ciudadano es antes que nada un hablante y, por alejados que parezcan, la calidad del uno dice mucho también de la calidad del otro», escribe. En consecuencia, emprende el saneamiento del habla como Rajoy sanea el gasto público y Robespierre saneó la república, por amputación. La austeridad es una virtud pero los recortes a troche y moche son una desgracia. Lo que nos lleva a interrogarnos si es posible juzgar la...

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Enseñanzas de esperanza

Posted by on Feb 15, 2016 in Miradas |

Hay dos maneras de interpretar la esperada dimisión de Esperanza, como un ejemplo que señala el camino que habría de tomar el presidente del partido y del gobierno o como una triquiñuela táctica para refugiarse en la penumbra de los soportales hasta que escampe cuando caen chuzos de punta en la plaza. La primera interpretación es la que hace el periódico de referencia y sus comentaristas, deseosos de allanar el camino hacia un pacto pesoe-pepé que exorcice de una vez la ominosa sombra de los podemitas. Pero es más que factible la segunda interpretación, que, bien mirado, no es incompatible con la primera. Veamos una hipotética secuencia de los hechos: Rajoy sigue el ejemplo de Aguirre y dimite, y entonces esta sale de la penumbra para hacerse cargo del partido cuando se articule el relevo. En ese momento habría un gobierno socialista apoyado por la abstención de los populares, pero Esperanza tendría la esperanza de dirigir el partido en un largo segundo ciclo, presuntamente liberado de la corrupción, de la que ella, por supuesto, no se siente responsable, y frente a un aritméticamente débil gobierno socialista. La iniciativa de Aguirre se estudia en las escuelas de negocios y consiste en convertir un peligro, en este caso la proliferante corrupción, en una oportunidad. El impasible Rajoy ha debido entender el mensaje en toda su complejidad porque ha contestado al gesto de la dirigente madrileña con un lacónico y elusivo “te entiendo”. Con la majeza y desenvoltura madriles que la caracteriza, Esperanza  recordó ayer, sin abandonar su sonrisa gatuna, que era probritánica para enmarcar su gesto de dimisión en una tradición democrática más añeja y probada que la que gobierna el hormiguero de su comunidad y de su partido, olvidando que en el Reino Unido los políticos dimisionarios desaparecen del ámbito público para siempre, incluida la gigantesca y admirada, por Esperanza, Margaret Thatcher. Ella, en cambio, que ya dimitió hace unos pocos años, no se ha ido nunca. Cuando se ha visto obligada a explicar por qué, ha dado una típica respuesta caudillista: porque le duele España, a la que ve continuamente en peligro si ella no está al quite. Esperanza reúne, bajo su presunto toque british, que no engaña a nadie, los rancios rasgos de la clase hegemónica española, esa mezcla de aristocratismo populista y de caudillismo providencialista, que le permiten mantener con sus seguidores y detractores la relación de una vedette folclórica con su público. Este la adora o la detesta como a un torero o a una cantante de coplas, y no como a una política electa, y ella cree que el público es necesario para continuar al frente del espectáculo, no importa si alguna vez toca recibir...

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La mano de dios

Posted by on Feb 14, 2016 in Miradas |

Nuevo episodio de pederastia en un colegio religioso, esta vez en los maristas de Barcelona. Lo raro, en realidad, es que no emerjan más casos en un país donde el dominio de las órdenes religiosas sobre la infancia y la juventud fue, en un tiempo no muy lejano, absoluto. Leo en la noticia que las víctimas de Barcelona no podían hablar con nadie de lo que les estaba pasando porque “la gente cree que atacas la fe” ¡en 2016!, y he recordado la confidencia de un conocido, sesentón como quien esto escribe, que, cuando hace medio siglo contó a su padre, juez, que era objeto de tocamientos en el colegio, este por poco le mata. En este asunto se habla con frecuencia de la complicidad y la lenidad con que la jerarquía eclesiástica actúa en los casos de pederastia pero se habla menos, o no se habla en absoluto, de la alienante sumisión de la sociedad y de sus representantes electos. La dictadura nacional-católica dejó en manos de la iglesia, como autoridad incontestable, no solo la educación sino la policía de costumbres, lo que situaba a la sociedad entera bajo la férula clerical. La iglesia actuaba en nombre de valores universales que incluían el perdón, la compasión y la fraternidad y, en consecuencia, obtenía de una sociedad vapuleada y empobrecida una legitimidad que nunca tuvo el aparato del estado. Un policía o un juez te castigaban, pero un cura o una monja te amaban, a cambio de que tú les entregases esa cosa que llamamos la fe. ¿Hasta dónde y cómo te amaban? No era necesario ser franquista, obligación que quedaba para los jerarcas de camisa azul y guerrera blanca, crecientemente ridículos, pero era imprescindible ser católico, y tanto más si eras joven. Ninguna forma de socialización era posible sin que estuviera pastoreada por un clérigo. Esto era tanto más evidente en pueblos como el mío en el que la sublevación contra la república se crió en sacristías y conventos. A nuestros abuelos sublevados no les mandaba un general, les mandaba dios. La infancia de mi generación discurrió en un caldo ideológico en el que era compatible el rechazo al franquismo con la adhesión a la iglesia, la cual ha dejado una huella imborrable en algunos compañeros, que aún someten al nihil obstat del obispo los estatutos de sus asociaciones de antiguos boy scouts o celebran actos rememorativos de la edad de la adolescencia en los que no falta nunca la misa correspondiente oficiada por el mismo cura, ahora un anciano decrépito, que nos moldeó a palos o a caricias, según los casos. La arquitectura de los colegios de la época es una mezcla de catedral y cárcel: pináculos...

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