Un diario catalán publicó ayer, en plena fervorina de la investidura, un sondeo de intención de voto que ofrecía pocos cambios sobre la composición actual del parlamento y que parece congruente con el estado de ánimo que imaginamos en la opinión pública, dejando aparte el margen de error inherente a estas prospecciones de urgencia. El cambio más significativo es que podemos superaba por uno o dos puntos al pesoe. Por lo demás, todo seguía igual. El pepé es el partido más votado, incluso con un cierto crecimiento, y ciudadanos sigue en sus márgenes, a pesar de un ligero descenso. Lo más significativo es que lo que ya conocemos, ni los partidos tradicionales recuperan la hegemonía en sus respectivos campos, ni los emergentes alcanzan el nivel suficiente para dirigir la orquesta. Tampoco es posible numéricamente un gobierno de derechas (pepé-ciudadanos), ni uno de izquierdas (pesoe-podemos) sin algún tipo de concesión o pacto con los partidos periféricos, que solo serían útiles en esta circunstancia y no por su propia fuerza, como siempre. De modo que la gran coalición sigue proyectando su larga sombra, que se hará tanto más espesa cuanto más tiempo discurra entre el fracaso de ayer y el fin del plazo del proceso de investidura dentro de dos meses, cuando habrá que contar con la previsible irritación del electorado, que, en este estado, puede rendirse hacia posiciones conservadoras, estables y eficientes. Una vez más, la estrategia quietista y mineral de Rajoy parece darle la razón si no fuera porque él personalmente ha salido amortizado de este trance y bastaría que siguiera al frente de su proyecto para que buena parte del electorado se movilizase en contra. Los partidos emergentes han fracasado en sus respectivas estrategias a piñón fijo, pactista y frentista, respectivamente; también les ha fallado el tono, demasiado dulce y equívoco uno, demasiado agrio y claro el otro. Los emergentes tendrán que evaluar si tienen organización y discurso para mejorar o al menos igualar sus resultados actuales en un segundo asalto electoral. El pesoe, que está en el momento más bajo de su historia, se ha escorado demasiado a la derecha para conservar el equilibrio en la posición central a la que aspiraba; la tarea que le queda por delante es recuperar músculo y está por ver que pueda conseguirlo. Por la cuenta que les trae, los partidos volverán a la negociación (no es imaginable que vayan a pasar dos meses sin que se mueva un papel) pero tendrán que hacerlo con más finura y atención a la letra pequeña de la agenda de necesidades de la ciudadanía. Los daños de estos últimos años están claros, el diagnóstico también tendría que estarlo. Hay una dificultad previa: los líderes...
La reliquia
Asistía a un mítin del partido comunista en un campo de fútbol del extrarradio de Madrid, en las primeras elecciones generales de la Transición, no recuerdo si las de 1977 o 1979. En la tribuna, el economista Ramón Tamames, del que probablemente nadie menor de cuarenta años tenga la menor la idea de quién es pero que entonces era una figura de la academia y de la izquierda, enardecido por sus propias palabras, exclamó: asumo la totalidad de la historia del pecé. Recuerdo el estremecimiento que aquella afirmación retórica me produjo; yo iba a votar, y voté, comunista, pero no quería saber nada de Stalin, que formaba parte, y bien conspicua, de la historia del partido que Tamames asumía tan pomposamente. Estoy seguro de que para muchos de los asistentes de más edad en el mítin, aquella historia, Stalin incluído, les parecía de perlas, pero en aquel momento no se jugaba el pasado de la Unión Soviética o del comunismo internacional sino el futuro de nuestro país, y los jóvenes nos fijábamos en el heroísmo civil de los comunistas que estaban con nosotros en las aulas y en los talleres (probablemente, a esos se refería Tamames) para apostar por el futuro de nuestra gente, no por los errores y desmanes de nuestros abuelos. Las reliquias, en el relicario; y el relicario, mejor en el desván. Ya vendrán los arqueólogos a echarle un vistazo y certificar su autenticidad. Luego, Tamames, que resultó elegido diputado comunista en aquella ocasión, fue dando tumbos ideológicos y políticos hasta la llegar a la derecha a la vez que el pecé languidecía hasta la extinción y el pesoe de Felipe González tomaba el relevo, con gran éxito, en la hegemonía de la izquierda. González es una reliquia para los socialistas, como Pasionaria lo era para los comunistas, en ambos casos por muy buenas razones, y no es aconsejable discutir su santidad con ellos si se quiere hacer amigos. La memoria histórica, ese sintagma de términos contradictorios, ha dado lugar a una ideología que puede ser equívoca y un obstáculo para encontrar el camino del futuro. La cal viva está en el pasado de González, es verdad y está escrito hasta en la Wikipedia, pero también es verdad el hecho de que fue un estadista excepcional en el siglo XX de este país y un referente para las capas populares de alguna edad, aunque ahora hayan trasladado en parte su voto a podemos. Está por verse el efecto futuro que vaya a tener el zarpazo de la cal viva que Iglesias dirigió a Sánchez en la cara de González. De momento, ha conseguido que la reliquia vuelva a la procesión y que Sánchez la acompañe con...
Y ahora, ¿qué?
Tengo que reconocer que ayer participé desde el sofá en el entusiasmo casi orgiástico que reinaba en el congreso de los diputados, convertido en una formidable velada de boxeo a cuatro bandas. Dale duro, chúpate esa, ahí le duele, zasca en toda la boca, eran expresiones que me brotaban de las tripas al unísono de los aplausos de los hooligans del hemiciclo, pero que tenía que contener entre los dientes para que los vecinos no me oyeran a través de la pared y creyeran que estaba loco. Los cuatro se emplearon a fondo, cada uno en su estilo, y no ahorraron golpes bajos ni marrullerías, como los buenos. Hasta Rajoy estuvo sobrado en su papel de arrogante y despectivo orador decimonónico, como si fuese un monumento que está en la Carrera de San Jerónimo desde Cánovas. E Iglesias, como recién salido de un videojuego, en el suyo de jefe de la tribu india que espera emboscada entre pinares y breñas la ocasión para asaltar el fuerte. Ambos representaron el pasado y el futuro con claridad deslumbrante, lo que no preanuncia quién ganará; a menudo, el pasado gana y el futuro pierde, como sabemos. Los más previsibles y esforzados fueron los pretendientes al trofeo, aliados de coyuntura, porque no podían permitirse florituras ni salidas de tono en la trenza que querían urdir, y ahí estaban, sin más apoyo que la creencia en que in medio virtus. Fueron los sparrings de la velada. Como se daba por supuesto que estamos en los albores de una nueva época que nadie sabe cómo será ni a dónde nos lleva, lo seguro era acogerse al ejemplo de los padres fundadores. Rivera fungió de un Adolfo Suárez henchido de optimismo verbal y gestual, lo que no se corresponde para nada con el modelo original, que era un político de una gravedad casi trágica, abulense, del que te podías creer, porque había circunstancias que lo atestiguaban, que si no seguíamos su pauta íbamos al abismo. A su turno, Sánchez fue un Felipe González desubicado, demasiado transparente, que dejaba ver los agujeros de su discurso; al genuino no se le entendía nada, y ahí radicaba su imbatible capacidad de seducción y su autoridad de gurú, aún vigente, al parecer. Y así llegamos al final de la velada. El resultado estaba descontado, de modo que el objetivo de los contendientes no era ganar o perder sino conquistar un espacio en la memoria del público para una próxima ocasión más decisiva. Lo primero que nos viene a la cabeza es que esa ocasión son nuevas elecciones, pero, amigo, para eso aún faltan dos meses. ¿Qué harán en este lapso los cuatro, vapuleados, frustrados, resentidos, mirándose unos a otros sin...
Nueva época
Es la primera vez en muchos años que me he sentido interesado por un debate de investidura, y que me he sentido concernido y en ocasiones divertido por lo que se decía en la tribuna. La razón es que se hacía público un debate político real del que, como el monstruo del lago Ness, hay indicios pero no que se había visto nunca. Pues hoy parecía que hubieran vaciado el embalse de casi cuarenta años de régimen y ahí estaba, en efecto, aunque era difícil saber qué cosa anidaba en el fango. Pero, bueno, por lo menos hemos sabido que hay algo. Por primera vez, que yo recuerde, ha habido un debate vivaz, con pujos de autenticidad, que no solo implicaba argumentos ad hoc sobre el asunto que reunía a los diputados, pues es sabido que la investidura de este gobierno social-centrista es imposible, sino también sentimientos, gestos e intenciones, y en el que los oradores jugaban con todas sus cartas, es decir, no solo con los votos que tienen detrás, sino con sus planes, su talante y sus maneras. En gran medida ha sido menos un debate parlamentario que televisivo, en el que los oradores han tenido más en cuenta a la audiencia que a los figurantes del hemiciclo. Antes, la televisión grababa al parlamento; ahora el parlamento es la televisión, y hay que reconocer que en esta confusión de significantes y significados hay actores más duchos que otros. Rajoy ha comparecido como para protagonizar una serie histórica de las que produce televisión española y en la que los espectadores han de estar familiarizados con el pacto de los toros de Guisando si quieren seguir la trama. Sánchez comparece como un Felipe González redivivo para lo que le faltan aptitudes y le traiciona la época (lo que explica la momentánea eficacia de la maldad de Iglesias sobre las manos manchadas de cal viva). Pero lo más curioso es que los emergentes han venido con su propia versión de lo que fue la Transición debajo del brazo, quizás con el propósito de apropiarse de la herencia de los viejos y utilizarla para sus fines. Para Rivera, la Transición fue un aplaciente pasteleo de pactos que alumbraron la mejor época que ha conocido el país; para Iglesias, una torva sucesión de desmanes y contubernios que dejaron en el camino los mejor de las esperanzas y potencialidades de la sociedad. Para los que sabemos de qué hablaban (la Transición fue nuestros toros de Guisando), tendrán que afinar más el diagnóstico, y para los que por edad no lo saben, tendrán que pensar más en el futuro y en la didáctica. Bien mirado, también en la interpretación del pasado hay una base...
Capitalismo
Cuando, hace ocho años, se hizo evidente que la crisis económica había metido la mano en nuestros bolsillos y nos había desplumado, a unos más que a otros, una oleada de pánico sacudió, transversalmente, como se dice ahora, a la sociedad y hasta un capitoste de la patronal española llegó a predicar en una entrevista la conveniencia de suspender cautelarme el mercado como sistema de asignación de recursos. Lo que no sabíamos entonces era que la crisis había acabado con cualquier autoridad que pudiera suspender o ni siquiera regular a los mercados y que los gobiernos estaban al servicio de sus operadores, y no al revés. La crisis dejó de ser una catástrofe para convertirse en una oportunidad, como enseñan en las escuelas de negocios, que abrió vías inesperadas para el beneficio y la reasignación de rentas a favor de los más ricos. No solo los gestores que habían provocado el marasmo se fueron a sus casas con suculentas jubilaciones sino que sus herederos en el cargo siguieron al frente de las instituciones rescatadas con dinero público (la única concesión al socialismo que nos permitimos) ganando dinero a manos llenas. Fue un caso deslumbrante de destrucción creativa. Los bancos ganan cada año más dinero; las corporaciones multinacionales dictan sus condiciones a la baja a gobiernos y sindicatos; los paraísos fiscales engordan como piojos; la oferta se concentra en saquear a los consumidores sin dejar de explotar a los trabajadores, y la economía sumergida se ha convertido en el ganapán de un tercio de la población, por decir lo menos, desde el narcotráfico a las camisetas de Zara. El capitalismo se nos ha ido de las manos, dirían los abuelos que crearon el estado del bienestar, sales a la calle y te extraña que aún funcionen los autobuses urbanos. En este periodo de zozobras, han proliferado economistas y politólogos críticos con la realidad vigente y con el sistema que la gestiona: que si hay más desigualdad que nunca, que si la política monetaria es regresiva, que la revolución tecnológica liquida el empleo sin crear nuevo, que si el dumping fiscal es insostenible, y por ahí seguido, cada autor aporta sus percepciones y sus soluciones. La mayoría son asombrosamente razonables pero, por alguna causa, impracticables. Es como si la inteligencia y el sentido de la supervivencia discurrieran por caminos divergentes. Una prueba empírica de esta impotencia para el cambio la tendremos esta tarde en el congreso de los diputados. ¿Cuántos pactos ha tenido que alcanzar Sánchez con la realidad para optar a un cargo que ni siquiera logrará y para enunciar unas reformas que no podrá llevar a cabo? La globalización es como el ataque de los marcianos, va a por...