Periodo de celo

Posted by on May 18, 2016 in Miradas |

Hace unos años tuvimos en casa un gato siamés (en la imagen, ya viejo) al que llamaba Felinillo porque me parecía que el nombre tenía un aroma cardenalicio y nadie es más parecido a un príncipe de la iglesia que un gato, en su fingida modestia, en su estereotipada elegancia de modales, en su indulgencia para sí mismo y en su secreta agresividad cuando ve afectados sus intereses, y, como corresponde a todo ser vivo, incluso a los cardenales de Roma, Felinillo atravesó un fastidioso periodo de celo que, antes de terminar abruptamente en la oportuna intervención quirúrgica, vino a coincidir con una campaña electoral de la época. Veía al gato cortejar con uñas y dientes a un cojín del sofá y al político dirigirse a la audiencia desde el televisor y los dos tenían el mismo aire absorto, obstinado, casi histérico, mezcla de deseo y de furia. Descubrí entonces que ni el cojín ni la audiencia sentada ante el televisor eran el objeto real del gato y del político, respectivamente, sino el frontón circunstancial de un juego que empezada y terminaba en la satisfacción del propio deseo, dictado por la naturaleza de ambos. La reproducción de la especie, la conquista del poder: un mismo mandato bíblico para personas y bestias. Desde entonces, Felinillo y sus escarceos eróticos con el mobiliario doméstico me vienen a mientes cada vez que un político perora durante la campaña electoral. Es seguro que él se cree refinado, creativo y justo, pero lo cierto es que resulta rudimentario, consabido y oportunista. Lo que distingue al gato del político en sus respectivos afanes es que el primero conserva la dignidad de su naturaleza, o la recupera al instante, mientras que el segundo deja en la memoria del testigo una huella indeleble de que es tonto o malvado. No creo que la virtud democrática de ningún ciudadano de cierta edad sobreviviera si, por un milagro de la memoria, pudiera recordar todo lo que ha tenido que oír durante los innumerables periodos electorales que han jalonado su vida. Nuestro parsimonioso presidente del gobierno en funciones comparte esta fatiga y detesta los mítines, las comparecencias, los debates y, en general, todo lo que tenga que ver con expresiones de celo porque para nuestro presidente el poder político es una derivada del orden mineral de las cosas, del que también forman parte los terremotos, los derrumbes y las inundaciones, pero qué le vamos a hacer. Echar a este personaje de la poltrona es el único objetivo digno de ese nombre en las próximas elecciones, pero ahí están quienes podrían hacerlo, enzarzados en un frenético cortejo con el cojín del sofá de su...

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Un fantasma recorre Europa

Posted by on May 17, 2016 in Miradas |

Planea invisible sobre nuestras cabezas identificado con un acrónimo que tanto puede designar a un virus letal, un meteorito que se acerca a velocidad de vértigo hacia nuestro planeta o un programa informático que acabará con los recursos que hacen posible la vida tal como la conocemos: TTIP. Esta mañana, un grupo de activistas se han jugado el tipo escalando una torre de Madrid para colgar una  advertencia: no al ttip.  Es asombrosa la fuerza evocadora de las palabras, y tanto más si son jeroglíficos,  la cual no ha variado desde que los chamanes del paleolítico las pintaban en las paredes de la cueva para moldear a la tribu. En 1986, el gobierno socialista de Felipe González convocó un taimado, y costoso, referéndum para mantener a España en la organización militar del atlántico norte, contra el deseo de las propias bases del partido y de sus votantes. En la dialéctica consiguiente, los partidarios de la permanencia llamaban al artilugio con el amigable nombre de la alianza mientras los detractores pronunciaban sonoramente la sigla, otan, que suena como el motor de arranque de un bombardero o la oruga de un tanque. Por supuesto, ganaron los de la alianza porque si no puedes esquivar una ola, procura nadar en su cresta. La negociación del tratado transatlántico de comercio e inversiones se lleva con tanto sigilo que sus urdidores no han necesitado molestarse en buscar una denominación más tranquilizadora que el ominoso ttip. Si le llamaran con el inocuo término de acuerdo comercial quizás desactivaran parte de la amenaza que transporta. Aunque nada hay más tonto que enfrascarse en disquisiciones nominalistas para entender, y en su caso conjurar, fuerzas políticas y económicas que se llamen como se llamen están ahí y van a seguir estando mucho tiempo. El ttip pretende una gran área de libre comercio en lo que llamamos el hemisferio occidental del planeta, de modo que no es más un desarrollo masivo de la globalización en la que vivimos, y significará la destrucción y/o mutación de sistemas, formas de vida e instituciones  económicas y sociales de carácter local. ¿Qué pasará con mi empleo, con mi pequeño negocio, con los alimentos que consumo, con la tierra que cultivo? No hay respuesta. Un selecto grupito de tecnócratas que nadie conoce está negociando los términos del tratado en una opacidad absoluta. Unos pocos parlamentarios y miembros de los gobiernos concernidos tienen acceso a los documentos, no se sabe en qué medida, y pueden consultarlos bajo un severo compromiso de confidencialidad. Podemos imaginar a estos representantes electos que han visto los papeles (ni siquiera leerlos en detalle) como quien echa un vistazo al séptimo círculo del infierno y salen de la cámara acorazada demudados...

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Heráldica

Posted by on May 16, 2016 in Miradas |

¿Quién fue Adolfo Suárez?, ¿quién es José Borrell? El candidato socialista ha invocado al primero y ha fichado al segundo con la esperanza de que su fuerza le acompañe. Sánchez se ha investido con la armadura de los antepasados antes de entrar en batalla, aunque también podría decirse en más castizo que, como un matador amedrentado, ha besado reliquias y estampitas del culto popular antes de hacer el paseíllo en la campaña electoral. Los de nuestra generación creemos saber que la democracia no hubiera sido posible sin la ambición, la audacia y la generosidad (otros dirían sentido del cálculo) de Suárez. A su turno, Borrell encarna el mito de lo mejor que puede ser un político: currículo académico sobresaliente, formación científica, impecable credencial ideológica, honradez a carta cabal y una dilatada experiencia en cargos de gestión y representación (desde abajo, como le gusta a Rajoy). La mala noticia es que Suárez y Borrell fueron derrotados y expulsados de la arena política por los mismos males que se han enseñoreado del establecimiento político y se han convertido en una cínica rutina: el cainismo y la corrupción. Suárez fue víctima de la mayor campaña de acoso y derribo recordada en los anales de la democracia, a cargo de sus propios correligionarios y con la inestimable ayuda de sus innumerables adversarios, entre los que hubo quien prefirió un golpe de estado a que siguiera en el cargo. A su turno, Borrell, que nunca tuvo muchos amigos en el mastodóntico aparato socialista, dimitió por unos casos de corrupción que no le eran imputables pero de los que consideró que era responsable político porque los habían cometido dos personas de su confianza durante el ejercicio en el cargo para el que él les había nombrado. ¿Se imaginan a la cacareante Esperanza Aguirre haciendo lo mismo? El resultado histórico es obvio: a Borrell hay que buscarle en la wikipedia mientras Aguirre continúa impertérrita en las primeras páginas de los periódicos y en los programas de la tele, insoluble a la mierda que ella misma ha amasado y que se ha convertido en la materia prima con la que identificamos la política. Lo malo de portar los escudos de armas de Suárez y de Borrell, es que el paladín Sánchez va a tener que dar muchas explicaciones de heráldica para que los votantes entiendan qué significan. Los mayores de cincuenta porque ya los han olvidado y los menores, porque nunca han sabido quienes fueron. Suárez y Borrell son los héroes de caballerías del candidato socialista. Y un epílogo: alguien podría decir que tanto monta Julio Anguita a la vera de Iglesias, pero hay una diferencia sustancial. Sánchez está formando un gobierno e Iglesias, un imaginario. Los...

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El mal ejemplo

Posted by on May 15, 2016 in Miradas |

Hacía tiempo que un nacionalismo doméstico no ponía como ejemplo a Israel. El estado sionista fue hace décadas el faro del nacionalismo vasco, que admiraba, entre otras cosas, su capacidad para restaurar una lengua, el hebreo, que ni siquiera había sido la de todos los judíos en los últimos dos mil años. Pero la historia aconsejó olvidar este ejemplo y hace años que los patriotas más patriotas de esta tierra comparecen en público con la kufiya palestina al cuello. La libertad y la opresión nacionales son conceptos mutables según la perspectiva que se adopta. Ahora ha sido Artur Mas, quizás el político más cínico de la escena española, donde abunda el género, el que ha puesto a Israel como modelo de lo que quiere para Cataluña, así que, llevada la comparanza hasta su último extremo, ya saben lo que les espera a los territorios limítrofes, catalanoparlantes además. La nación es una construcción política, a veces inevitable y a veces deseable, pero que exige una enorme cantidad de ganga ideológica para asentar sus cimientos, además de alguna circunstancia histórica que la impulse. Israel no hubiera sido posible ni deseable para los propios judíos sin el criminal antisemitismo europeo y su consecuencia última en Auschwitz. Después de sesenta años, el estado israelí sigue a la defensiva, duro y antipático, como una colonia europea cercada. ¿Es el destino que Mas sueña para Cataluña?, ¿son los catalanes los judíos europeos de la primera mitad del siglo pasado? La construcción nacional exige la previa construcción del estado nacional. Los sionistas la consiguieron a partir de los voluntarios que quisieron asentarse en Palestina y empuñar las armas para defender ese derecho, primero contra los ingleses y después contra los palestinos; su condición de israelíes vino después derivada de esta actitud, como han demostrado concienzudamente historiadores como Shlomo Sand y otros. No había un pueblo judío ni hay un pueblo catalán. El estado precede a la nación y esta se construye a partir de aquel, no a la inversa. Los que habitan en la cúpula del estado y tienen intereses en él no necesitan más patriotismo, pero la adhesión de los de abajo requiere dosis masivas de mitología del tipo de la que hacía aprender Francia a los párvulos de sus colonias africanas que tenían que memorizar aquello de nos ancêtres les Galois. Pero ¿cuántos ciudadanos de los que han levantado la Cataluña moderna proceden de la pata de Guifré el Pilós? Es fácil de entender que un político mimado por la oligarquía local, que ha navegado por la tibias y aplacientes aguas del dinero abundante y fácil, corrupción incluida, tenga necesidad de un poco de épica para mitigar el aburrimiento, pero ¿qué hay de la...

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