Discurso de aniversario

Posted by on Jun 1, 2016 in Miradas | 6 comments

Esta bitácora cumple hoy un año, lo que no sé qué significa, aparte de ser la ocasión para dar las gracias a los seguidores de las ocurrencias que contiene, que no creo que sean muchos pero sí fieles y amables. Miro hacia atrás y veo un hilván de trescientas cincuenta puntadas de texto hacia el limbo o, como dicen los que saben de esto y se expresan con mayor propiedad, hacia  la nube. Las migas de pan que va dejando Pulgarcito para encontrar el camino a casa en la umbría del bosque y que, por último, le llevan a las fauces de ogro. El ogro, sí, está ahí, en cualquier recodo del camino o detrás de cualquier árbol, esperando. No dejo de tenerlo en cuenta. Pulgarcito era un tipo emprendedor y terminó venturosamente su cuento como mensajero real, pero el autor de la bitácora ya está jubilado y además ya ejerció durante su vida profesional el mester de cartero del rey -todo el día con la casaca bordada y haciendo reverencias- y por nada del mundo querría volver a ejercerlo. ¿Puede haber mensajes sin rey que los emita? Esta bitácora es la prueba. Ni rey, ni patrón: el sueño ácrata de un escribidor devenido monologuista, vale decir, un solitario pastor de palabras cuyo murmullo de esquilas, balidos y triscar de hierba le produce un placer irresistible. Pero hasta los ensimismados personajes del teatro de Beckett, con el que esta misma semana he tenido un encuentro, toman conciencia en  algún momento de que el público les mira. No vale fingir que estás solo. Así que confieso que cada día me asalta la leve zozobra –ahora mismo la estoy sintiendo- provocada por no saber si lo que escribo será del gusto de mi público. El consuelo inmediato es que no tengo ni idea de qué o quién es mi público, y por tanto, disculpen mi crudeza, tampoco dependo de él. Es un privilegio de las clases ociosas. No obstante, no dejo de ser consciente de las limitaciones de mi oferta. Sé que escribo mucho de política cuando es un asunto que me debiera importar poco. Pero, qué le vamos a hacer, la política se ha convertido en estos tiempos en un asunto de legítima defensa y, si he de ser franco, no recuerdo ninguna otra época en que no lo fuera. Releo lo escrito y, la verdad,  me gustaría tener más vida interior, como dijo Vladimir ¿o era Estragón? Gracias, en todo caso, por acompañarme  hasta aquí. Seguiremos...

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Austeridad vs. Democracia

Posted by on May 31, 2016 in Miradas |

Un tertuliano televisivo, no me pregunten el nombre, que se pregona de izquierdas y que dice de sí mismo haber oficiado de mediador en diversos conflictos oficiales, defiende ardorosamente una futura coalición del pepé y del pesoe como solución a los males de la patria. A poco que desarrolla sus argumentos, se advierte que la razón principal es dejar fuera de juego a los antisistema [sic]. Es curioso observar que lo que parece más razonable en política no es sino un gesto instintivo para salvarse uno mismo. ¿Es razonable arrojar por la borda a una parte del pasaje cuando la embarcación zozobra? Sin duda, es lo primero que se le ocurre al que ocupa la cubierta superior y lo que se hace en ocasiones en las sobrecargadas pateras de migrantes que cruzan el Mediterráneo. Quién iba a decir que íbamos a aprender know how de las detestadas mafias que se lucran con el drama de lo refugiados, pero, qué carajo, si unos escarban el dinero en el fracking de la tierra, por qué no hacer fracking con la humanidad que vive encima. La gran coalición en este país tiene, sin embargo, algunas contraindicaciones, no solo ideológicas y de tradición política, sino meramente aritméticas. En 2008, la suma de votos de los dos grandes partidos incluía a un muy holgado 84% de la población, y ahora apenas alcanza el 51%. Sigue siendo un porcentaje mayoritario pero, para que funcionara bien, se necesitaría que ambos partidos estuvieran fundidos sin resquicio alguno y que la política derivada de su fusión produjera beneficios inmediatos y perceptibles en términos de crecimiento económico y distribución de las rentas, y no solo de estabilidad política. El pepé ha tenido cuatro años de inapelable estabilidad, ha cumplido con lealtad la agenda de austeridad impuesta y, al borde de nuevas elecciones, se ve en la necesidad de tener que mentir de nuevo sobre impuestos y recortes futuros. El drama de las elecciones nacionales es que la democracia ha sido despojada de su competencia, y de su autoridad también, para modificar el estado de la sociedad. Gobierne quien gobierne, las cosas seguirán mal para un segmento creciente de la población que, a día de hoy, alcanza a casi la mitad del censo. Un treinta por ciento porque está ya arrojado a la pobreza y un restante veinte por ciento porque no ve ningún horizonte que merezca ese nombre. Sistema y antisistema se han vuelto nociones indiscernibles. Cuando la mejor fórmula de gobierno consiste en una operación aritmética que deje fuera a la mitad de la población, como sugiere el tertuliano para España, o que todo el arco parlamentario se tenga que volcar en apoyo a un candidato marginal para...

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El adefesio

Posted by on May 30, 2016 in Miradas |

Ahí está, en la divisoria de dos barrios de la ciudad, que en un tiempo remoto estuvieron enfrentados a tiro limpio, en medio del gran río que da nombre a la península y que se apresta a desembocar en el Mediterráneo, como si  pretendiera detener su curso o al menos obstaculizarlo. Un artefacto aguzado, enhiesto e indescifrable sobre un plinto, con un pájaro de alas desplegadas que le sirve de proa. Feo como un adorno de rotonda, y, a primera vista, extraño como el mástil de un pecio surgido con la marea baja. Ha estado ahí desde siempre, es el argumento principal de los vecinos de Tortosa que en referéndum se han negado a removerlo del lugar donde fue plantado por Franco en los años sesenta para conmemorar su victoria en la batalla del Ebro. El alcalde se ha visto abocado a explicar lo obvio: no somos franquistas. La retirada del monumento se enfrenta a las dificultades de cualquier iniciativa dirigida a aplicar la normativa de lo que llamamos memoria histórica, que intenta cohonestar dos términos a menudo antagónicos. La historia son hechos que no discute nadie, salvo insensatos o malvados, pero la memoria es patrimonio de cada individuo o, como mucho, de cada pequeña comunidad o grupo, que tiene sus razones, en ocasiones respetables y otras no tanto, para interpretar el pasado de acuerdo con sus intereses. Los vecinos de Tortosa creen que el adefesio atrae al turismo y seguro que es cierto porque los turistas son tantos y tan voraces que han mutado de admiradores de la obra construida a curiosos del vacío instituido, pues no otra cosa representa ese monumento. En mi pueblo se quedan boquiabiertos ante la calle Estafeta, que es una rúa de lo más anodino, porque por ahí pasa el encierro de los sanfermines. La ley de memoria histórica obliga al ciudadano medio a un esfuerzo de toma de conciencia para el que no está ni preparado ni interesado. Los más viejos del lugar nacimos y vivimos bajo el franquismo sin saber que se llamaba así y mucho menos qué significaba, excepto por lo que se destilaba en las familias, que era distinto en cada casa. La transición, tan pródiga en consensos, según afirman sus apologetas, dejó de lado cualquier intento consensuado de construir una renovada conciencia nacional y se hipotecó al olvido como fórmula de reconciliación. La democracia española se constituyó en un hecho político y jurídico pero no sentimental. Nada que ver con las democracias de Europa occidental basadas en un antifascismo compartido, que en las monarquías parlamentarias incluía a la familia real, lo que aquí no era el caso. La derecha no estaba interesada en cuestionar el pasado del que...

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Ojo con Austria

Posted by on May 29, 2016 in Miradas |

He tardado toda la vida en saber que la mamá de Sissi era nazi.  La actriz Magda Schneider, que interpretaba este papel en la empalagosa película de nuestra remota infancia -y que, en un raro entrelazamiento de ficción y biología, era también la mamá de nuestra admirada Romy, que interpretaba a la anoréxica emperatriz- era recibida en el restrictivo círculo íntimo de Hitler. En las entrañables películas domésticas que captaba Eva Braun en la Guarida del Lobo se la puede ver con su capotito y su sombrerito tiroleses, encantada de haberse conocido entre los rufianes de la cúpula nacionalsocialista. Descubrirlo fue un duro golpe a la ingenuidad de este viejito que esta semana ha vuelto a recordar esas imágenes de la encantadora Magda coqueteando con Albert Speer sobre un fondo de idílicas cumbres alpinas cuando todo el establecimiento democrático austriaco se ha tenido que volcar en la segunda vuelta de la elecciones a favor del candidato de los verdes para evitar que ganara un extremista de derechas, lo que han conseguido por la mínima, apenas treinta mil votos de diferencia, y con la lengua fuera. Austria fue la hermana pequeña del nazismo y la beneficiada de las políticas aliadas en la postguerra, que la trataron como una nación ocupada por Hitler y no como en realidad fue, un estado cómplice de sus designios, lo que ocasionó que el marrón nazi le fuera imputado por completo a Alemania. Esta inocencia sobrevenida y universalmente aceptada permitió que nos engatusaran con las películas de Sissi y que un antiguo militar de la Wehrmacht implicado en la deportación de judíos a Auschwitz, Kurt Waldheim, resultara elegido presidente de la república después de haber sido secretario general de la ONU.  Ojo, pues, con el pastel de chocolate vienés y con la unanimidad de las palmas que acompañan la Marcha Radetzky en el concierto de primero de año porque en Austria empezaron las dos guerras mundiales del pasado siglo. Debieran saberlo sobre todo democristianos y socialdemócratas y hacer algo al respecto si quieren evitar la tercera, después de todo son los fundadores de esta Europa ensimismada que está desmoronándose bajo su desgobierno. Podrían recordar que Austria fue también la patria de Freud, el tipo que descubrió la sentina que bulle bajo la placidez de nuestra conciencia, y que tuvo que escapar por piernas con su descubrimiento a...

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Beckett, un reencuentro

Posted by on May 28, 2016 in Miradas |

Recuerdo vívidamente el lugar y las circunstancias en que recibí la noticia de la concesión del premio Nobel de literatura a Samuel Beckett en 1969 y la alegría que me produjo. Fue una tarde soleada de otoño madrileño en el jardín del chalé donde tenía su sede la revista Primer Acto en el paseo de La Habana de Madrid, a donde acudíamos un grupo de jóvenes encandilados para ensayar unas piezas de autores españoles, tributarios del autor irlandés, que no se estrenaron nunca. La primavera anterior, un grupo de aficionados con ínfulas habíamos estrenado Esperando a Godot. Estos titubeantes hechos del pasado, afincados en la memoria y desgajados de todo contexto, son en sí mismos beckettianos y podemos imaginarlos formulados por alguno de los desolados personajes de su teatro, tipos que parecen empeñados en la reconstrucción del mundo mucho después de que este haya sido destruido. Las palabras, los gestos y las rutinas que los relacionan y que constituyen la trama dramática tienen a la vez un carácter originario y atrozmente caduco, formas de vida en severo riesgo de extinción, y sin embargo valiosas e inesperadas por su rareza y por su extraña tenacidad. La literatura de Beckett representa el grado cero de la existencia. Los papeles de su teatro no son fáciles para los comediantes porque el ritmo y la sutil significación de los textos no se avienen a una interpretación naturalista y tampoco a su alternativa mecanicista. La primera fórmula estorba, emborrona el texto; la segunda lo quiebra. Además, el elenco debe exhibir una conjunción propia de un coro del ballet clásico; las personalidades fuertes y muy caracterizadas desentonan porque no hay solistas y los personajes carecen de carácter. Estos pensamientos me asaltan durante la representación a la que asisto en la escuela de teatro de mi ciudad e impiden que me entregue a la historia que se desarrolla en el escenario. Es una pieza  de fragmentos beckettianos a la que han puesto por título Porvernir. El espectador está aquejado del mismo mal que los personajes: el ensimismamiento, la soledad, la insoportable pesadez de su propia historia. En conjunto, no somos más de dos docenas en el patio de butacas: un desierto, también muy propio, como si el escenario no tuviera límites. En la palestra, los jóvenes comediantes interpretan la obra con resolución y entrega, intentando entenderla y domesticarla, lo que no les resulta fácil. Y de repente ocurre, en el diálogo descoyuntado de dos personajes baldados: una mujer inválida, sentada en una silla de ruedas, y su criado. La mujer le conmina a que mire el paisaje por un catalejo y le pregunta qué ve; él es renuente a decírselo. El mar, responde. ¿Qué mar?, ¿cómo...

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