Las urnas están ahí para recibir el voto, donde el elector ha sintetizado sus cavilaciones, deseos y manías, pero al mismo tiempo, la naturaleza hermética del artefacto advierte que todo ese complejo destilado de la conciencia no cabe por la ranura. El ciudadano se deja el pelaje que le identifica en la gatera, o dicho de otro modo, abdica de su ciudadanía en el voto.
Matad al padre
En los meses que han precedido a las elecciones del pasado domingo, la sombra del padre ha tenido un papel determinante sobre la deriva de los líderes de los primeros partidos. Los medios de comunicación sacaban a las momias de sus opulentos sarcófagos para que agitaran el espectáculo y los zombis aceptaban de inmediato la invitación.
Primero de mayo
Los trabajadores que la conmemoran viven en un mundo material marcado por el rigor del mercado, del que son la parte más débil, pero al mismo tiempo habitan una atmósfera cultural sobrecargada de abalorios y universalmente compartida, dirigida a disuadirnos de nuestra condición. A este estado se le llamó alienación, un término sin duda pertinente pero en desuso.
La sombra del peluquero
Hay pocas dudas de que el miedo a la barbarie ha sido el gran motor de la alta participación en las elecciones. La mayoría ha votado a favor de dos términos diríase que anacrónicos: estabilidad y progreso.
El guardián entre las papeletas
La democracia se ve de otro modo, digamos, menos entusiástico, si su funcionamiento exige a un ciudadano, que ya no está para trotes, pasar dieciséis horas de su preciado y fugaz tiempo, sin descanso ni más pitanza que la pueda pillar al albur de circunstancias tan adversas, aposentado en una silla escolar ante una mesa con dos urnas.