Mientras la atención política del país está centrada en la guerra de los másteres –una bronca típica de clase media-, en una remota región de la izquierda que nadie creía habitada se produce un movimiento sísmico de baja intensidad pero de impredecibles consecuencias. Dos gurús de la izquierda comunista de toda la vida –Julio Anguita y Manolo Monereo- firman un artículo que pretende librar al gobierno italiano de don Salvini de la tilde de fascista que le ha caído encima y poner en valor las medidas que ha adoptado en el llamado decreto dignidad, en el cual se reduce la duración de los contratos temporales y se incrementa la indemnización por despido, restringe la deslocalización empresarial mediante sanciones y prohíbe la publicidad de los juegos de azar. En resumen, se trata de un exiguo e ineficiente ramillete de medidas tibiamente sociales que dan noticia de lo modestas que son las pretensiones de la  izquierda para que los autores del artículo afirmen que no puede negarse que el decreto Dignidad constituye un punto de inflexión en las políticas sociales aplicadas en Italia desde la irrupción del neoliberalismo. Optimismo histórico a toda pastilla. ¿Qué ha llevado a don Anguita et alii a lavarle la cara a don Salvini, del que por supuesto no mencionan ni una palabra de su brutalismo xenófobo?

El artículo mencionado no da más de sí pero abre el camino a las especulaciones. Al parecer, don Anguita y otros veteranos pretenden armar una familia o facción dentro de podemos (éramos pocos y…) que semeja al alemán En pie y se sitúa en la onda del nacionalismo populista que brota como setas de otoño en el campo europeo, y al que caracterizan dos rasgos notorios: el antieuropeísmo y la xenofobia. La opción Anguita participa de lo primero pero no de lo segundo. Vale la pena examinar ambos rasgos. La izquierda europea ha sido objeto de dos pesadísimas bromas históricas. Fue internacionalista cuando el nacionalismo estaba en auge en el primer tercio del siglo pasado y no pudo detener las dos guerras mundiales que se hicieron en nombre de las patrias; al contrario, se vio obligada a participar entusiásticamente en ellas so pena de delito de traición. Y ahora que hay un espacio internacional europeo estructurado y mayoritariamente aceptado, se repliega al campo de juego nacionalista. ¿Alguien cree que es más fácil y prometedor reestructurar Europa con las antiguas y nuevas fronteras que, por ejemplo, imponer un impuesto europeo a las transacciones financieras o una disciplina fiscal común a las empresas? Pues, al parecer, don Anguita y compañía, sí. La opción nacional-popular es retardataria, para no mencionar otros rasgos más desapacibles. Don Salvini, que es un correoso político, ya se ha dado cuenta y ha propuesto que su movimiento se europeíce, seguramente para reproducir la marcha sobre Roma, esta vez sobre Bruselas.

La xenofobia no es un aditamento sino una necesidad para que el invento funcione. El nacionalismo no puede construirse sin designar un enemigo que aglutine el espíritu nacional, y si el enemigo es interior, se le persigue, y si está fuera, se impide su entrada. Es el otro al que hay que señalar, el que te quita el empleo, la pensión y la ayuda social, y no lacaixa o el bancoedesantander donde guardas tus ahorros y tu hija acaba de obtener un empleo precario de mileurista. Para proclamarse defensores de los damnificados de la globalización, los promotores de la iniciativa exhiben una idea muy rudimentaria de lo que es la globalización, ¿y qué batalla vas a emprender si no conoces al enemigo?  Don Anguita y sus compañeros de aventura han demostrado durante su dilatada vida política más gusto por la retórica campanuda que instinto estratégico y claridad teórica, pero no hay duda de que, si se les da cancha, harán una aportación inolvidable a la confusión de la izquierda.