La desafección hacia las instituciones, o a la política en general, se ha convertido en un tópico explicativo del sindiós que reina en este tiempo, aquí y en otras partes. Pero no conviene dejarse engañar por las opiniones espontáneas de desapego o de ira ciudadana que se oyen por doquier. A la postre estamos atados a la democracia y la gente escucha a los políticos, hace cálculos sobre sus querencias, intereses y expectativas y al final vota, o se abstiene, que es una manera de votar, a menudo no menos explícita. Hobbes advirtió que el estado moderno es un monstruo necesario para evitar que el hombre sea un lobo para el hombre y, cuatro siglos después, el estado democrático es un monstruo construido con la participación de todos. Una vez más, el miedo al lobo nos guía en esta empresa. Votamos para no sentirnos inermes ante los poderes que planean sobre nuestras cabezas y que no desaparecen ni duermen jamás: los grandes mercaderes y banqueros, la administración pública, la clerecía, los militares, la delincuencia organizada, sea la corrupción o el terrorismo, que usufructúan los aparatos de los estados y llegan a confundirse con ellos. En este escenario repetido, el voto es mayoritariamente medroso y pactista. No quiere transformar la realidad ni contrariar a quienes la fabrican, solo negociar con ellos una rendición honorable, que es, valga el ejemplo, a lo que aspira hoy el pesoe, pero que es también la esperanza del grueso de la población. Haced lo que queráis, pero dejad de jodernos más, podría ser una consigna expresiva de lo que cree necesitar y quiere la mayoría. La famosa desafección de la política aparece cuando el margen de maniobra de la ciudadanía frente a la realidad de los hechos se achica hasta llegar a cero. Los valores cívicos que han sostenido la democracia hasta ayer mismo, típicos de la clase media –trabajo duro y honesto, negocios legales y ganancias razonables, confianza en los contratos, empleo justamente retribuido, cumplimiento de la ley, ascenso por mérito y capacidad, etcétera-, han sido burlados y escarnecidos por la acción de las elites. ¿Qué posibilidad hay de alcanzar mediante el ejercicio del voto una sociedad más igualitaria, más libre, más compasiva y más próspera? La falta de respuesta a esta pregunta explica la mesa de casino en que se ha convertido la política y la asombrosa fauna de políticos que nos gobiernan o aspiran a hacerlo, convertidos en caricaturas de sí mismos y empeñados en navegar la ola, incluso en agitarla, más que oponerle un dique de contención. Trump es el ejemplo más ostentoso de esta nueva especie caníbal, inédita en el mundo occidental desde los dictadores totalitarios del siglo pasado, y que no parece saber a dónde va ni, sobre todo, a dónde nos lleva (con el impulso de los votantes, desde luego), pero hay otros ejemplos. ¿A dónde cree que nos lleva Rajoy, esa especie de robot impasible, resuelto a seguir gobernando a toda costa el patio de monipodio?
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