¡Quién fuera joven y alcalde para empezar a cambiar el mundo! La alcaldesa de Badalona ha empezado por la fiesta del doce de octubre que, según quien la celebre, es la de la virgen del pilar, la de la hispanidad o la del desfile militar del paseo de la Castellana que fue calificado como coñazo por Rajoy en una de las poquísimas ocasiones en que ha dicho lo que pensaba. En la América anglosajona, donde no hay fiestas patronales, se celebra como Columbus day. En Badalona, por ende, el recordatorio de la fiesta tiene un significado histórico específico. Pero para la inmensa mayoría, el doce de octubre es fiesta a secas, un día de vacaciones, en rojo en el calendario, en el que no hay que ir a la oficina ni al taller ni a abrir la botiga, que cada día renta menos por la competencia de los chinos y de las grandes superficies, que sí abren ese día. La alcaldesa cree, según su propia memoria, que la festividad exuda valores franquistas y colonialistas, y que carece de arraigo democrático, más o menos lo mismo que les ocurre a las pagas extraordinarias de verano (dieciocho de julio) y navidad (veinticinco de diciembre), que fueron creadas por Franco para comprar la voluntad del apaleado, por él mismo, pueblo español y que se han convertido en un derecho laboral, una parte intocable de la retribución salarial, algo parecido a las tarjetas black de los granujas pero en legal, a pesar de su origen tan franquista o más que la hispanidad. En mi pueblo, por cierto, han andado a la greña las diversas izquierdas por si se debe o no devolver a los funcionarios la paga extra que se les arrebató para aliviar el gasto público en los primeros años de la crisis. La alcaldesa tiene dos serias limitaciones para arreglar las costuras del mundo a partir del descosido del doce de octubre. La primera es que carece de competencia legal para dictar el calendario laboral fuera del ámbito de la administración de su ayuntamiento. La segunda, porque no puede decretar como laborable un día festivo sin ofrecer otro festivo a cambio, que, objetivamente, tiene que ser más apetitoso. Así que. si hemos entendido bien, los funcionarios locales que, por repulsión al franquismo y al genocidio de los indígenas de América, vayan a trabajar el doce de octubre (cuando no habrá necesidad de dar golpe porque todo el mundo está de fiesta), podrán librar el nueve de diciembre y completar así el sabroso puente de la festividad de la constitución. ¿Y qué pasa si otro grupo encuentra insoportable la idea de libranza en el día de la norma legal española que impide el paraíso catalán y libertario al que aspira una importante parte de la población?, ¿tendrán los funcionarios una semana de vacaciones a cambio de laborar ese día? Por cierto, es curioso que la constitución y la fiesta nacional se celebren en días distintos, lo que nos advierte de que nuestro sinvivir está regido más por la superchería patriótica que por la racionalidad democrática, pero eso también ocurre en otras comunidades autónomas, como la mía. donde la fiesta de banderas y discursos, si la hay, no se correponde con la fecha de la promulgación del estatuto de autonomía. Lo importante es que sea fiesta. Atravesamos tiempos terribles para la esperanza: menos empleo, menos salario, menos gasto social y más amenazas para los servicios públicos, y aquí están los alcaldes cubileteando con las fiestas de guardar.