Hay guerreros que pasan a la memoria de la posteridad como hombres de paz. No es una situación tan rara y tiene lógica, pues prácticamente no se encuentra en la historia ninguna situación de estabilidad y sosiego en las sociedades que no haya sido precedido por alguna forma de conflicto bélico. Entre nosotros, Franco es el caso más conspicuo de estos guerreros que pasan por pacificadores, aunque lo cierto es que a los guerreros les gusta la guerra y cuando esta acaba, les gusta la dominación que proporciona al vencedor sobre el vencido, otra cosa es que la edad, los achaques y, sobre todo, las mudas del entorno político transforme su imagen hasta el punto que, donde hubo un caudillo cruel veamos a un manso pastor del vasto rebaño de la humanidad. Si además son bendecidos con el premio nobel de la paz, acaso el galardón más corrompido entre los que se otorgan en el mundo, el trampantojo es absoluto. Simon Peres recibió este premio. El ahora llamado hombre de paz perteneció a la cúpula sionista que creó el estado de Israel y en un país donde todos sus dirigentes políticos han sido antes jefes militares, él también lo fue. En calidad de tal participó en la expulsión de la población palestina de los lugares donde habitaban desde siglos atrás para hacer realidad el eslogan mitológico de una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Más adelante, fue partidario de la colonización de los territorios ocupados, que está en el origen de la dificultad actual para alcanzar algún acuerdo de paz con los palestinos pero, sobre todo, un desmedido gusto por el poder le impidió abandonar nunca la primera fila de la política de su país, ya fuera para firmar fallidos acuerdos de paz o para aliarse con auténticos señores de la guerra como Ariel Sharon. Su rostro imperturbable, que revelaba un carácter frío y escasamente empático, según quienes lo conocieron, se mantuvo durante más de medio siglo en la primera página de noticias de Israel a pesar de la transformación que registró el país, desde el utópico socialismo de los kibbutz de la primera generación, a la que pertenecía Peres, hasta el estado militarizado, cuasi teocrático, opresivo y amenazador que es hoy. La figura del laborista Peres operaba como un señuelo en quienes durante un tiempo creímos de buena fe en una solución negociada para Palestina cuando la práctica real del país al que nunca renunció a representar era exactamente la opuesta, y más que ningún otro líder israelí se convirtió en el rostro de una derrota, no militar, desde luego, sino política y moral del sionismo y lo que representa. Para los árabes, Israel es la última cabeza de puente del colonialismo occidental en su tierra y toda la mala conciencia europea por el Holocausto, con la dosis de hipocresía que eso comporta, no ayudará a que las cosas se vean de distinta manera. Puede decirse que Peres fue un patriota, un combatiente, un político avezado y quizás un hombre honrado en sus propios términos, pero ¿qué sentido tiene calificarlo de hombre de paz? Oriente Medio se está convirtiendo en un volcán lo bastante inquietante como para que intentemos llamar a las cosas por su nombre.
Entradas recientes
Comentarios recientes
- Casandro en Crónica de la España hueca
- M. en El sol no sale siempre
- Rodergas en El desfile de los necios
- ManuelBear en Yo también seguí a Hernán Cortes
- Conget en Yo también seguí a Hernán Cortes
Archivos
Etiquetas
Alberto Nuñez Feijóo
Albert Rivera
Brexit
Carles Puigdemont
Cataluña
Cayetana Álvarez de Toledo
Ciudadanos
conflicto palestino-israelí
coronavirus
corrupción
Cristina Cifuentes
Donald Trump
elecciones en Madrid
elecciones generales 2019
elecciones generales 2023
Felipe González
Felipe VI de Borbón
feminismo
Gobierno de Pedro Sánchez
guerra en Gaza
independencia de Cataluña
inmigración
Inmigración en el Mediterráneo.
Inés Arrimadas
Irene Montero
Isabel Díaz Ayuso
Israel
Joe Biden
José María Aznar
juan Carlos I de Borbón
Mariano Rajoy
Pablo Casado
Pablo Iglesias
Partido Popular
Pedro Sánchez
poder judicial
Quim Torra
referéndum independentista en Cataluña
Santiago Abascal
Ucrania
Unidas Podemos
Unión Europea
Vladimir Putin
Vox
Yolanda Díaz