Guardo el vago recuerdo de que, en los albores de la transición, el general Gutiérrez Mellado, factótum militar de Adolfo Suárez y avalista de su plan para llevarnos a la democracia que ahora disfrutamos, sugirió a Felipe González que se desembarazara de la ‘O’ de obrero en la sigla del pesoe a fin de rebajar a proporciones digestibles el rechazo que el partido provocaba en el establecimiento franquista, destinado a sobrevivir en un régimen que no era su biotopo natural. González, que no procedía del socialismo sino de una difusa democracia cristiana pero que ya entonces era un genio de la estrategia, como una vez más ha demostrado estos días, comprendió el valor icónico de la ‘O’ y se negó a complacer al general. La ‘O’ otorga una cualidad totémica, ancestral, como de olivo milenario (aceituneros altivos y todo eso), al partido que vertebró la república y era un ineludible banderín de enganche para los humillados y ofendidos de la dictadura, como se vio en la mayoría absoluta de 1982, tras la fallida intentona de golpe militar. La ‘O’ sobrevivió a cuarenta años de ausencia socialista durante el franquismo, a la inmediata orientación liberal de los gobiernos de González, a la temprana ruptura con el sindicato ugeté, al obsceno enriquecimiento de la elite socialista en el poder (“España es el país donde uno se puede hacer rico mas rápidamente») y, por último, a la caída del muro de Berlín y a la desaparición de la clase obrera como sujeto histórico. Es la ‘O’ la que lleva a poner los ojos en blanco a partidarios y detractores cuando hablan de partido centenario. Los jerifaltes del pepé nunca olvidan referirse al adversario pronunciando cuidadosamente el nombre y todos los apellidos –partido socialista obrero español-, lo que lo convierte en una apelación ridícula pero que sin duda ayuda a erizar el cabello en los caladeros del voto conservador donde república, quema de conventos, checas, confiscación de bienes, puños en alto, etcétera, todavía constituyen el crucigrama que da sentido a su voto. Pero, ¿qué enemigo digno de ese nombre cae en la lona sin recibir ni un amago de golpe como ha hecho ahora el pesoe con ‘O’ de obrero?  No hay que engañarse por la entusiasta vocación suicida que exhiben sus actuales dirigentes. En su historia centenaria, como dicen, el pesoe se ha visto en crisis mucho más aciagas que esta, como fue la guerra interna, a tiro limpio, que estalló en las últimas semanas de la guerra civil entre los partidarios del jefe del gobierno Negrín y los seguidores de Besteiro y Casado, todos socialistas. Para la historia moderada que aprendimos de chicos, Besteiro era el bueno y Negrín el malo, papeles que ahora interpretan, respectivamente, Díaz y Sánchez. Aquella debacle la provocó la impotencia para resistir al fascismo y esta la ha provocado la incapacidad para ofrecer una alternativa al liberalismo rapaz que representa el gobierno del pepé. En ambas circunstancias, 1939 y 2016, se han dado dos rasgos comunes: 1) una crisis generalizada de la socialdemocracia europea y 2) la existencia a la izquierda del pesoe de una fuerza menor pero resuelta y agresiva, que ha acelerado su crisis interna. Así que, tranquilos, el pesoe saldrá de esta.  Aunque quizás tengamos que esperar otros cuarenta años y pierda la ‘O’ por el camino.