Ayer, día del espectador en los cines de mi pueblo y ocasión para visionar, como dicen los finos, el principio del final del pesoe. Desde el interior de la sala a oscuras se oía lejana la deflagración del partido en la remota calle de Ferraz, en Madrid, a más de cuatrocientos kilómetros del lugar donde unas docenas de cinéfilos asistíamos a las aventuras de El hombre de las mil caras, el tipo en paradero desconocido que sirvió de muñidor en la primera gran crisis del partido socialista. La historia que narra esta excelente película de alto voltaje es la del turbio e inaprehensible Francisco Paesa, que ayudó a escapar al primer gran delincuente político de la democracia española y más tarde ayudó al gobierno a capturarle, para desvanecerse por último cargado con los millones que había recibido de unos y de otros. Luis Roldán es el personaje que dará nombre a una época y a la picaresca de un sistema cuyos últimos protagonistas, por ahora, pues habrá más, están dándose a conocer en los juzgados. Roldán, apodado El Algarrobo en memoria de un bandolero de la serie televisiva más popular de la época, fue un tipo cualquiera encaramado al aparato del partido del gobierno que trepó con desenvoltura de cargo en cargo robando sin tregua de los fondos públicos ante la indiferencia de instituciones, correligionarios y sociedad en general, hasta que la codicia le puso en evidencia, igual que les ha ocurrido a los ratos, blesas y ruses de estos días. El azar y mi oficio de periodista a principios de los años ochenta me llevó a conocer el comienzo de la carrera de este personaje. Cuando en 1982 Felipe González obtuvo una mayoría absoluta tan holgada que ningún partido ha vuelto a repetir después, se encontró con un botín de cargos institucionales vacantes muy superior al número de militantes del partido en la época, que ocupó con una legión de arribistas con la tinta del carné del partido fresca en el bolsillo, muchos de los cuales iniciaron entonces la carrera de su vida, inimaginable en otras circunstancias. Uno de los puestos vacantes en esas fechas era el de delegado del gobierno (antes, gobernador civil) en la provincia desde la que escribo. El pesoe designó para el puesto a un concejalillo de Zaragoza que, cuando vino en visita de inspección a su nuevo empleo, le recibió su predecesor ya cesante, un falangista rudo, de pistola al cinto, que le describió las responsabilidades y riesgos del cargo (era la época durísima del terrorismo etarra) con tal crudeza que el cuitado renunció al nombramiento en el acto. En menos de veinticuatro horas, el partido socialista había encontrado un sustituto, también concejal en la capital aragonesa, que no se arrugaba por nada: Luis Roldán. Mano dura con el terrorismo y pasta para el bolsillo. Así llegó a ser el primer civil al mando de la guardia civil donde no se movía una peseta de gasto público, ya fueran fondos reservados para la lucha antiterrorista o partidas para proveer de tricornios a la tropa o para reforzar el blindaje de las casas cuartel, sin que este héroe de la lucha contra eta se embolsara la comisión correspondiente. Antes de eso ya había estado en el negocio de las comisiones con el presidente socialista de esta provincia, que pagó sus devaneos corruptos con la cárcel. Roldán y Urralburu liquidaron el partido socialista local para los restos, sin que los propios socialistas quisieran darse cuenta, como esos decapitados por una katana de los que dice la leyenda que siguen andando con la cabeza sobre los hombros. Decapitados sin saberlo del mismo modo que el infeliz oportunista de Sánchez no quiso advertir la cuchilla de Felipe González -el gran patrón de la época dorada de Roldán y Paesa- cuando se hizo acompañar por él en los mítines de presentación de su candidatura. La película termina y las luces de la sala se encienden confiriendo al entorno una engañosa apariencia de normalidad; el muñidor de corruptos se desvanece en la bruma a la espera de una nueva ocasión, y en la sede del pesoe buscan entre los escombros a algún superviviente.
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