Un puñado de jóvenes berrean en un autobús cánticos improvisados y mal afinados contra un personaje público, al que insultan llamándole imbécil, no se sabe por qué, ya que el insulto no está justificado por la letra y ni siquiera rimado. El coro intenta suplir con desganada mala baba el aburrimiento y desinterés por la tarea que les ha reunido. Podrían ser cualesquiera jóvenes pero son miembros de las juventudes socialistas que se dirigen a apoyar a la candidata de su partido en las pasadas elecciones vascas, y el objeto de sus insultos es quien será pocos días después el ganador electo en los comicios, en los que la candidata a la que jalean sin entusiasmo alguno registrará una derrota estrepitosa. Quizás no sea fácil encontrar una metáfora más acertada de lo que le ocurre al pesoe ahora mismo que el vídeo que documenta este hecho. Los jóvenes del autobús, que en un cierto plazo serán cuadros y dirigentes del partido, se muestran encantados –tanto, que se han grabado a sí mismos- de su descoordinación y desinterés para algo tan sencillo como ensayar unas consignas. Un comentarista de la noticia da este sombrío diagnóstico: “Así suelen ser las juventudes de los partidos: una escuela de sectarios y trepas en las que se ‘matriculan’ los que pretenden vivir de los enchufes porque no valen para otra cosa. Cuando se hacen mayores se convierten en políticos que se han pasado la vida saltando de cargo en cargo sin dar un palo al agua, pero eso sí: a leales y fieles al partido y sus líderes no les gana nadie”. ¿Podría explicar este argumento la bajísima calidad de la dirigencia política de nuestro país y singularmente del partido al que pertenecen los jóvenes del autobús? La última decisión del secretario general ha dejado pasmados a propios y extraños, ya sean partidarios del gobierno de la derecha o de uno alternativo de progreso. ¿Podrá hacerse con el liderazgo y formar un gobierno a su gusto en cinco semanas cuando no lo ha conseguido en diez meses y ha perdido, una tras otra, cuatro elecciones? El conductor del autobús pisa el acelerador al acercarse al abismo. Más madera, que diría Groucho Marx.