Entre la innumerables perplejidades que trae la política en esta península, acaso la mayor sea –lo es, desde luego, para quien esto escribe, y de antiguo- la devoción de los gallegos por el partido popular. Que esta devoción fuera moldeada por Manuel Fraga, el más incombustible ministro de la dictadura devenido líder de la democracia, no hace sino adensar el misterio. Una nacionalidad histórica que vota masivamente por los herederos de quienes abolieron su estatuto de autonomía y que ahora postulan una estado centralizado; un país de emigrantes que vota al partido de los propietarios; una población con una tasa de paro cercana al 50% entre los jóvenes que vota al gobierno de la reforma laboral; un territorio devastado por problemas económicos que vota a los caciques; una sociedad gravemente afectada por el narcotráfico que vota a quien exhibe la amistad que le une a un contrabandista. Reconocerán que, desde esta perspectiva, Galicia es un caso muy raro. No ayuda a aclarar el misterio el pudor con que los comentaristas políticos aluden a la, digamos, anomalía gallega. El éxito del pepé en la región es tan abrumador e incontestable que solo caben loas al vencedor, no exentas de un punto de incredulidad que nadie manifiesta. Cuando el criptograma es indescifrable en sus propios términos, la tendencia a explicarlo con una metáfora literaria es irresistible. Y así ha venido a mientes Divinas palabras de Valle-Inclán. Este deslumbrante escritor fue, como todos los de su generación, políticamente equívoco. En los años setenta, cuando se cocía la transición, su drama Luces de bohemia era jaleado en los escenarios españoles como un retrato feroz y verídico del pasado que habría de superarse en la etapa por venir y el autor era considerado un profeta del progreso social. Un poderoso crítico de la época, Juan Antonio Hormigón, llegó a incluirlo en el cuadro general del progresismo marxista. Más recientemente, una nueva biografía del escritor, debida a Manuel Alberca, lo retrata como lo que en realidad fue: un legitimista y un reaccionario político. Divinas palabras es una historia de redención y consuelo: una mujer a punto de ser linchada en una aldehuela atroz es salvada por las palabras del sacristán de la parroquia -quién esté libre de culpa, que tire la primera piedra- leídas del misal en umbrío latín: Qui sine peccato est vestrum, primus in illam lapidem mittat, predica el sacristán sin saber muy bien lo que dice. Las palabras latinas, con su temblor enigmático y litúrgico, vuelan al cielo de los milagros, acota Valle. El efecto del latinajo es fulminante sobre la chusma de linchadores, que se dispersa, y Mari Gaila, la mujer condenada, percibe el ritmo de la vida bajo un velo de lágrimas. Las mismas lágrimas de agradecimiento han debido correr por las mejillas de Rajoy (si es que este hombre es capaz de emociones) ante la no por esperada menos milagrosa victoria de su correligionario Feijóo. Una victoria tan incomprensible como el latinajo del sacristán. Quizás sea ese el misterioso destino de Galicia: patria de poetas y reserva de la reacción.