Me preguntaba cuándo se prohibieron en Roma las luchas de gladiadores mientras veía el otro día en la tele el melancólico paseo del toro Pelado por las campas de Tordesillas en medio de una desconcertada turba de caballistas y mozos pedestres a la que se había prohibido alancear a la res. Despojado de la crueldad de la muerte, el espectáculo resultaba ridículo, como lo sería sin duda una corrida sin puyas, banderillas y estoques, o una lucha de gladiadores con espadas de madera. Pelado estaba agobiado y confundido, como cualquier ser vivo en una circunstancia similar de acoso masivo, mientras sus acosadores, ahora desarmados, cuidaban de mantenerse fuera del alcance de sus embestidas y aparecían medrosos y huidizos. No vale la pena defender los espectáculos taurinos como tradición, arte, etcétera, porque lo que les da sentido es la muerte y la consiguiente efusión de sangre: azarosa y posible para el torero o el corredor, y segura para la res. En este debate se han escuchado muchas sandeces entre los defensores de la cruenta fiesta. Uno de los argumentos más conspicuos es que los toros bravos prefieren ese destino, al que estarían llamados por su naturaleza, que permanecer en la dehesa y morir en el matadero. Como si tuvieran alternativa. También los gladiadores debían preferir la muerte en la arena del circo antes de sufrirla en la cárcel, en el trabajo esclavo o en el patíbulo de donde eran apartados por los empresarios del ramo. La cuestión no reside en lo que prefiere el que está inerme en la arena sino lo que quiere el que está sentado en la grada. Fue el emperador Honorio el que prohibió definitivamente la lucha de gladiadores, a principios del siglo V. El espectáculo venía de mil años atrás, así que se puede decir que era una tradición arraigada y la más depurada expresión del arte de la lucha entre guerreros de a pie. La prohibición, que ya la había intentado antes Constantino, sin éxito, vino dictada por un cambio de sensibilidad por acción del cristianismo, dominante en la sociedad de la época y que el padre de Honorio, Teodosio, había decretado religión oficial del imperio. Pero el contexto ofrece otras indicaciones interesantes. Bajo el mandato de Honorio se vino abajo el imperio de occidente y tuvo lugar la invasión de Roma por el visigodo Alarico. Así que descubrimos una correlación entre el fin de los ritos populistas, como se diría ahora, en el circo y el fin de la estructura política en cuyo seno tenían lugar esos rituales. Los romanos civilizaron Europa y levantaron construcciones materiales e intelectuales que han durado hasta nuestros días pero, para legitimar el poder de sus elites sobre la plebe, necesitaban el circo. La razón es que toda entidad política necesita una fiesta nacional –fiesta de verdad, que agite el sistema nervioso, no una conmemoración institucional en el calendario- porque el sustrato de la nación es la tribu. Esta simbiosis de nación y tribu está bien representada en la bandera rojigualda con la silueta negra de un toro en el centro, que también se vio ondear en Tordesillas entre los decepcionados e irritados aficionados a la muerte.
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