Si no tenemos un pensamiento que tuitear o una foto que subir a instagram, básicamente dejamos de existir. Es una cita de un tal Charles Blow, periodista de The New York Times, que he atrapado al paso de cierta lectura sobre Internet. La tesis es que la red fomenta la existencia, no de una comunidad, sino de una población inabarcable de narcisistas que consumen sus propias excrecencias. Cualquier aportación de contenidos a la red tiene como principal destinatario, y a menudo único, el propio emisor. Al otro lado hay un potencial teóricamente infinito de interlocutores que, sin embargo, ignoran el mensaje. Las respuestas testimoniales a los contenidos colgados en la red -los me gusta o las reply- proceden generalmente de un círculo cercano, casi íntimo, del autor del mensaje, más allá del cual todo es silencio y oscuridad. Esta observación puede resultar desoladora pero también lo contrario, estimulante, como la visión de uno mismo en el espejo. Tiene un valor en sí, independiente de la imagen que nos devuelve. La comunicación es un comercio y, francamente, la mayor parte de los concurrentes a este mercado no tenemos gran cosa de valor que ofrecer, excepto quizás para los pocos con los que compartimos afectos y manías. La razón de existir que arguye el citado Blow como última ratio para la participación de las redes sociales no me parece una razón menor. La existencia es un hecho azaroso, del que somos por completo irresponsables, pero respecto a la cual estamos obligados a darle un sentido, lo que podríamos llamar una proyección trascendente, que también es una cita ahora no recuerdo de quién. Pues bien, este sentido se manifiesta en la necesidad de dejar una huella en los otros, ya sean nuestros contemporáneos o nuestros sucesores. Eh, que estoy aquí y estos son mis atributos y mis obras, es el grito de guerra que subyace a los mensajes en internet, escupidos al unísono, pero cada uno en su propio registro y tono, por una miríada de pigmeos invisibles del que lo único que sabemos es que pueblan un planeta del sistema solar al que llamamos Tierra. Las redes sociales crean la ilusión de que millones de personas pueden dejar millones de mensajes trascendentes que pueden ser conocidos por millones de otras personas, y en términos puramente estadísticos así es. Las magnitudes que identifican la red, ya sean sus productos o sus beneficios para quienes la controlan se expresan con cifras de no menos de nueve dígitos. La broma reside en que esas huellas de los usuarios se imprimen en la nube y no hay manifestación más lunática que la de atribuir a las nubes formas reconocibles: un caballo, un ángel, un castillo, un suicida… Cada día frente al espejo de mi pecé moldeo con palabras la figura que adoptará la nube durante la mínima fracción de tiempo que le dediquen sus receptores, los más de los cuales son amigos y amigas de larga data, porque, como diría el tal Charles Blow, si no lo hiciera, básicamente dejaría de existir.
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