Me dispongo a zumbullirme en el sopor estival de la sobremesa en compañía del canal de cine clásico de la televisión cuyas películas he visto tantas veces que puedo ausentarme en cuerpo y/o alma sin perder el hilo del argumento. Pero en esta ocasión emiten If, la película de Lindsay Anderson que creo que no he visto desde su estreno en algún cineclub o sala de arte y ensayo de la época. El inesperado reclamo de la (des)memoria me mantiene despierto y asisto a la emisión con la ansiedad de quien busca en los fotogramas un vestigio de sí mismo. Lo que recordaba de la película eran unos pocos rasgos: el protagonista, encarnado por el debutante Malcolm McDowell, antes de que Stanley Kubrick convirtiera en un icono su rostro de joven sospechoso habitual; el escenario del relato, un típico internado inglés que más tarde ridiculizaría Monty Python, cuando la institución era ya una reliquia inofensiva , y, desde luego, el furioso desenlace de la historia, un ajuste de cuentas revolucionario que ningún cineasta se atrevería a filmar hoy por temor a ser acusado de apología del terrorismo. La película conserva el encanto juvenil, la inocencia y el atrevimiento intactos, y puede decirse que ha envejecido mejor que sus espectadores. Aquellos fueron buenos años para la causa de la libertad. Cuatro décadas después, facebook ha censurado en su plataforma la publicación de una imagen contemporánea de la película: la fotografía de la aterrorizada niña vietnamita que huye del napalm porque la desnudez de la pequeña entra en el catálogo de pornografía decretado por la compañía de Mark Zuckerberg. Lo pornográfico no es la guerra sino una víctima abrasada a la que el impacto de las bombas le ha arrancado la ropa. Intento abarcar con la imaginación el arco que describe el tiempo desde la rebelión juvenil de los sesenta del pasado siglo hasta la censura digital practicada ahora mismo en las redes sociales seguramente por un programa informático más que por inteligencia humana, pero desisto, vencido por la magnitud de la tarea. If, el título de la película, alude al celebérrimo poema de Rudyard Kipling en el que glosa los valores humanos que se atribuían quienes construyeron el imperio británico y, que en 1968, eran ya una ruina inoperante. Me pregunto qué valores han estado vigentes desde entonces que puedan ser derruidos ahora. La película de Lindsay Anderson está disponible en youtube, ese mercado de las pulgas de dimensión planetaria donde el tiempo ha sido abolido y todo deviene en baratija. Ah, qué pesadez de pasado.