Una sentencia clásica sugiere lo mismo que el título de esta entrada pero más claro: no hay destino sino carácter, lo que quiere decir que lo que nos ocurre no nos ocurriría si no fuéramos como somos. Y por último, hay una versión popular del mismo apotegma en clave de dibujos animados, para cultivados en el iPad: la fábula de la rana y el escorpión. Ya saben, es mi naturaleza… Pues bien, es la naturaleza del pepé no dejar nunca a uno de los nuestros a merced de la marea, sin un buen sueldo, un sosegado y merecido puesto y lejos del escrutinio de la malediciente chusma, aunque el beneficiado, además de ministro dimisionario a la fuerza, haya sido evasor fiscal, operador financiero fraudulento, mentiroso compulsivo y, en el ejercicio de su cargo, amigo de sus amiguetes. El gobierno y la dirección del pepé han perseverado en su ser (Spinoza dixit) al elevar al ex ministro Soria a un cargo ejecutivo del banco mundial. En esas instituciones estratosféricas ya deben estar acostumbrados a que los estados miembros les envíen la escoria que no pueden reciclar en el territorio de origen y, de hecho, los ejecutivos ful se han revelado como el principal artículo de exportación de la marca españa, desde que Rato ocupó la presidencia del fondo monetario internacional y Cañete es comisario europeo de algo. Hace falta una arrogancia y una mala fe a prueba a cualquier kryptonita para impulsar al ex ministro Soria a un puesto de campanillas mientras se firma un acuerdo anticorrupción que sus socios pretenden vender como el acabose de un tiempo definitivamente pasado. A lo peor es que el mundo funciona así y aquí estamos empeñados tontamente en instaurar la decencia en la política, o fingimos hacerlo. Acabo de releer, por razones que no vienen al caso, 1984, de George Orwell, que dedica un largo capítulo a la tortura, destinada, según la lógica del Gran Hermano, no a que la víctima confiese sus acciones o renuncie a sus principios, sino a que ame a su torturador. Convendremos en que ya empezamos a amar a Rajoy. Desde luego, le aman sus crecientes votantes y han estado a punto de someterse a su amoroso yugo los arcádicos ciudadanos, pero me temo que sus maneras dictatoriales empiezan a captar adeptos, aunque reticentes, en todos los campos políticos, donde se abrirán agujeros de abstención si se les convoca por tercera vez a las urnas. Lo cierto es que ya no sabemos lo que queremos. En la novela de Orwell, la oposición al Gran Hermano es tímida, desorientada, sentimental, y está trufada de personajes que practican doble juego, lo que la hace completamente inoperante. Cuando se publicó la novela, la lectura dominante fue que Orwell había escrito una crítica al estalinismo, lo curioso es que ahora mismo puede leerse con provecho como un documento de actualidad. No parece que la condición del ciudadano Winston Smith sea políticamente muy diferente a la de un José Pérez de ahora mismo. Les daré un consejo si quieren aliviar la ansiedad y el desconcierto que provoca la situación reinante: lean las crónicas de mi admirado Enric Juliana, director adjunto de La Vanguardia, que aprendió el oficio en la Italia de Andreotti y del compromesso storico y que desde una envidiable ataraxia analiza los hechos con ecuanimidad y largueza de miras, como si fueran jugadas de una partida de ajedrez. Después de todo, nuestra ocupación dominante es la de mirones. También en eso perseveramos en nuestro ser.
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