Atardecer de este verano que no se resigna a rendir las armas. El parque de Yamaguchi está poblado de paseantes entre los que divago mentalmente sin concierto ni propósito determinado, como dice la definición de la RAE. En la explanada ante el planetario se ha reunido un grupo de astrónomos aficionados que montan sus artefactos con una notoria mezcla de atención, parsimonia y complacencia. Me sumo a los curiosos y pregunto qué milagro celestial nos espera esta noche. Otro curioso me informa ufano que van a ver Marte y Saturno. ¿Saturno, el de los anillos?, inquiero. Sí, se ve muy bien, responde encantado el aficionado, si nos dejan las nubes. Es sabido que el cielo de mi pueblo es una estación de tránsito de los temporales del Atlántico, que ponen a prueba la paciencia de estos aficionados. Las sombras se adueñan poco a poco de la escena y mientras los astrónomos siguen enfrascados en el calibrado de sus aparatos, los impacientes curiosos miramos al cielo en el que empiezan a atisbarse aquí y allá algunos destellos. Mire, ahí está Marte, encima de esa farola, ¿lo ve?, casi me ordena el curioso que se ha erigido en mi sherpa galáctico. ¿Es rojo?, pregunto. No, es de un color amarillo pajizo y se distingue de una estrella porque no titila, porque no emite luz. Clavo la mirada en un punto luminoso que, por las indicaciones de mi guía, debe ser Marte y permanezco así un rato que me parece eterno, como si Marte y yo tuviéramos algún deseo especial de conocernos mejor o alguna cuenta pendiente, a pesar de que al que yo querría ver es Saturno. Saturno está ahí, a la derecha, me dice mi guía. Ya, respondo, pero no veo nada, aunque no lo hago público. Echo un vistazo alrededor para comprobar si algún telescopio está operativo. Un astrónomo, que maneja uno particularmente aparatoso, ha hecho un alto en sus manipulaciones para contarnos un chiste a propósito de Sirio: yo tuve un amigo andaluz que para acordarse del nombre de esa estrella pensaba en vela. En la penumbra, el astrónomo ha debido ver las caras inertes de sus interlocutores y se ve obligado a explicar el chiste, como era andaluz, cirio, vela. Me aparto del grupo para acercarme a un telescopio de aspecto más modesto pero tras el que se ha formado una prometedora cola de espera. Una muchacha de veintitantos afirma a mi lado haber avistado Saturno y su sonrisa excita el deseo de ser como ella. El que va delante de mí en la cola es un chaval de diez u once años. Aplica el ojo al visor y exclama ¡es como una bola de fuego! El comentario provoca una mirada condescendiente del astrónomo que maneja el aparato. Llega mi turno, no negaré que estoy inquieto, aplico el ojo y no veo nada, parpadeo, cambio de ojo, y no veo nada. No veo nada, confieso despavorido. El astrónomo mira y corrobora, ahora no se ve, y de inmediato pulsa los botones del mando que reprograma el aparato. No sé si este desencuentro planetario ha sido por culpa mía o de Saturno, un dios al que los antiguos atribuían un humor de mil demonios. Después de todo, el principio de Heisenberg sostiene que la actitud del observador condiciona a la cosa observada. Abandono el grupo y vuelvo a casa carcomido por la frustración. Burlado, no sé si por Saturno o por mi impericia. Los paseos de jubilado me han proporcionado dolorosa conciencia de la magnitud de mi ignorancia: no sé nada de astronomía, ni de horticultura, ni de crianza de mascotas, ni de construcción de edificios, ni de mecánica del automóvil, etcétera. Me consuelo pensando que si hubiera emprendido el aprendizaje de estas ramas del saber haría un trío con Bouvard y Pécuchet.
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